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244 En el templo de Garabandal, como en todos los demás templos de España (no sé si también en todos los del orbe católico), resonaban diariamente por ac:j_uellos días de octubre, después del rosario, las apre– miantes palabras de una oración: «A vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de vuestra santísima esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio... Volved benigno los ojos a la herencia que con su sangre adquirió Jesucristo... ApaFtad de nosotros toda mancha de error y de corrupción. Asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nues– tro, en esta lucha con el poder de las tinieblas. Y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora de– fended a la Santa Iglesia de Dios, de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad... » ¿ Quién podría decir que esta oración, mandada hacía años por el Pontífice de mirada de águila, León XIII, no alcanzaba plenitud de sen– tido en la hora de Garabandal? Venía esta hora, a caballo de dos épocas de la Iglesia: la monolítica, segura, del Concilio de Trento, de la Con– trarreforma, y la, al menos de momento, insegura, agitada y confusa, que había de seguir al Vaticano II 29. Aquella hora de Garabandal bien podía ser una anticipación de Salud a los gravísimos peligros que se avecinaban... Y entonces, la presencia allí del «fortísimo protector nues– tro en esta lucha con el poder de las tinieblas» estaba más que justifi– cada y con plena significación. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... •·· ..................... - .. . «-El tiempo seguía empeorando, y la gente se cobijaba como podía en las casas y bajo los soportales. Hay que reconocer que los vecinos del pueblo se portaron con la gente lo mejor que pudieron. Y tuvieron que ejercitar no poco la caridad y la paciencia, pues la multitud, que todo lo inundába; les estropeó sus sembrados, les machacó mucha hier– ba... A pesar de las considerables pérdidas que todo esto suponía, no oí quejarse a nadie, ni promover alborotos. ¡Podíamos aprender! «El cielo parecía ensañarse con nosotros. A la lluvia, constante y fuerte, empezó a únirse un frío horrible, que culminó en una granizada y que hacia las cinco o seis de la tarde se convirtió en agua-nieve.» 29 Es preciso que se me entienda bien. Ni quiero ni puedo hablar mal del Con– cilio Vaticano II. Lo que se buscaba en él era una verdadera «puesta al día» de la Iglesia, y a eso tienden los docu:qientos conciliares... y quienes rectamente los entienden y tratan de vivirlos. · Pero sería de ciegos o de necios desconocer cómo han afectado a la vida de la Iglesia católica las situaciones que se han desencadenado con ocasión o pretexto del Concilio. Para mejora y purificació!l, en unos casos; ¿para qué, en otros? ¿No ha sido el mismo Pablo VI quien ha hablado de una «autodemolizione»? Porque tenemos fe, estamos seguros de que la Iglesia superará todas las crisis; pero que estamos atravesando una de tremenda envergadura, es ,la realidad más innegable de nuestra hora: . Cuando sucedían en Garabandal las cosas que vamos narrando, se daban los últimos toques al montaje del Concilio ·Vaticano II; y exactamente un 'año des– pués, el 11 de octumbre de 1962, comenzaba solemnemente su celebración.
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