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242 porque a ellas lo único que les había dicho la Virgen era que tenían que hacer público el mensaje, según tantas veces habían anunciado... » «Al ver cómo estaba todo, me lamenté de no haber ido a misa antes de salir de Santander. Entonces alguien me dijo: "Vete a la iglesia, que están celebrando misas, casi sin interrupción, desde esta madrugada". Corrí, bueno, quise correr, pues era tal la aglomeración, que con difi– cultad pude ir abriéndome paso hasta la iglesia. Efectivamente, se esta– ba celebrando una misa, era la última, pues se acababa el tiempo hábil 23 ; me quedé asombrada de la cantidad de religiosos y sacerdotes que había allí. Me alegré de no quedarme sin misa, pues aunque no era día de precepto, tenía algo de distinguido, por .celebrarse la fiesta de San Lucas, el evangelista que más nos. ha hablado de la Virgen.» Pendientes del cielo Las siguientes pinceladas de realidad vivida nos harán entender me– jor que cualquier intento de descripción general, cuál era el «clímax» del pueblo en las horas de espera de aquella jornada memorable. Las pinceladas son de la misma testigo. «-Al llegar al pueblo y junto a la casa de Ceferino, desde debajo del paraguas levanté los ojos y percibí a Loli detrás de su ventana, en la planta de arriba. Nos miraba a todos con esa su mirada, tan trans– parente, tan pura, y parecía no admirarse mucho de las multitudes que no cesaban de llegar (estoy segura de que jamás había visto tanta gente junta). Debía de estar sentada: luego me enteré de que sufría de in– flamación en una rodilla. No pude hablar con ella, pues entonces no tenía yo suficiente amistad con las niñas, y menos con sus familias, poco dadas a la charla y a las confidencias ... y que, especialmente en aquel día, tenían que defenderse del asedio de innumerables curiosos. «Pero poco después me encontré con Elena García Conde, de Ovie– do, que me dijo: "Estoy impresionada. Hablé antes con Loli y ella, de pronto, exclamó: «¡Ay! Si supieran quién está hoy aquí, entre ellos ... ». ¡Lo ha dicho de una manera impresionante! Por favor, Marichu, pre– gúntale tú, a ver de quién habla". Intenté acercarme a Loli; mas no hubo manera: su padre, que ha sido siempre un buen defensa, lo era mucho más en aquel día.» «Por fortuna, divisé' a don Valentín: iba de un lado para otro, aje– treadísimo, nervioso, y me parece que también sumido en un mar de confusiones. En una de sus pasadas, me acerqué a él, y después de los saludos, se desahogó en seguida: "¡Dios mío! No sé lo que va a pasar aquí... Estoy verdaderamente asustado de toda esta multitud. ¡Y que no les va a gustar el mensaje!"» «-¡Ah! Pero ¿usted ya conoce el mensaje?» «-Sí, desde ayer por la tarde, que me lo dio Conchita.» «-¿Y qué dice, qué dice?» 23 Recuérdese que por aquellas fechas no había las facilidades de ahora para celebrar misas vespertinas. Con las horas de mediodía se acababa el tiempo en que tenía cabida, según el derecho, la celebración del santo sacrificio.
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