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240 ba llegando, que iba a venir, se marchaba en total o casi total de– cepción? Quizá uno de los que más desasosegadamente se movían entonces por .el pueblo era su párroco, el bueno de don Valentín Marichalar. ¡Le afectaba tan de cerca todo aquello! Y no las tenía todas consigo... Tampoco los padres de las videntes andaban demasiado tranquilos. No dudaban de la sinceridad de sus hijas; pero se encontraban ante cosas tan fuera de su alcance, que todo desconcierto o incertidumbre tenía cabida y explicación. Eran seguramente las mismas niñas, las más directamente afectadas; quienes, de todos cuantos se movían a la sazón por el pueblo, se man– tenían en mayor tranquilidad. No podían dudar de que era la Virgen quien con ellas estaba y hablaba, y de la Virgen podían fiarse ... El P. Ramón María Andreu participaba no poco de la tranquilidad de las niñas. Totalmente recuperado de aquel accidente que había te– nido pocos días antes, estaba seguro de que iba a ser afortunado tes– tigo de nuevas maraviUas. Años después, declaraba él al editor francés del diario de Conchita: «Estaba yo en Garabandal el día 17 de octubre. Durante ese día y, so– bre todo, el día 18, vi llegar al pueblo una multitud inmensa... » «Yo estaba contento y tranquilo; no tenía ningún motivo para estar de otra manera. Durante los meses de agosto y septiembre, e incluso en el mismo octubre, había sido testigo de muchos acontecimientos en este pueblo de montaña, y de todo ello tenía los recuerdos más felices . Las perspectivas, por tanto, no podían ser mejores.» En las horas del día 17, fueron llegando al pueblo preferentemente los «asiduos» o casi asiduos a las apariciones, que por tener ya allí co– nocimientos o amistades, podían contar con no verse forzados a pasar la noche a la intemperie. Como el tiempo meteorológico no era precisamente apacible, las cocinas de Garabandal se llenaron aquella tarde de encuentros y ter– tulias, y se pasaban las horas ent:r:e evocaciones y esperanzas ... · Hubo rosario en la iglesia, como de costumbre; también, como de costumbre, hubo aparición. Me imagino que ya no importaba demasia– do, porque con lo que esperaban ver todos al día siguiente... Con apa– rición o sin ella, la «velada» tenía que ser larga y muy viva. Lejos de allí, en innumerables puntos, había también innumerables «velas» de esperanza e ilusión: las de aquellos que lo estaban dejando todo ultimado para salir al día siguiente, muy de mañana, hacia el es– condido lugar que tal vez fuera a darles, o salud, o consuelo, o fe, o seguridad, o soluciones. ¡Y había en verdad que esperar mucho, para ponerse a aquel viaje que no se presentaba precisamente como «de placer»! La noche del 17 al 18 fue de agua hasta más no poder. En la os– curidad de su silencio, a lo largo y a lo ancho de toda la vertiente can– tábrica, hubiera podido escucharse la inmensa y sorda sinfonía del agua que cae y que corre.. . incansablemente, monótonamente, espesamente ... Las «cataratas del cielo» parecían inagotables. Montes y valles resonaban de ríos, de arroyos y de arroyuelos. Goteaban las hojas de todos los árboles. Incontables lagunas pespunteaban de burbujas ante los ojos de
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