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234 zando hasta la iglesia, a cuya entrada se les pasó el éxtasis. Inmediata– mente les preguntamos: -¿Por qué habéis gritado? -Porque vimos que la Virgen desprendía una estrella. -¡Pero si vosotras no pudisteis ver la estrella, por encontraros de- bajo de la solana! -Pues sí que la hemos visto. Lo habrá hecho la Virgen». De este fenómeno dice don Valentín en sus notas: «Estando en la plaza, Conchita y Loli gritaron asustadas bastante fuerte . Todos se asustaron. Algunos miraron a las niñas, otros al cielo; los que hicieron esto último, dicen que vieron como una cinta brillante que cruzaba de parte a parte el cielo, y que de ningún modo podía .confundirse con una estrella fugaz, ni con un cometa. Después de haber dado el grito, las niñas rieron, y andaban contentas, como bailando de alegría». Hay que comprender que todas estas cosas, envueltas así en un halo de misterio (y, muy probablemente, agrandadas al transmitirse de boca en boca), por fuerza habían de traer a la gente un mucho impresiona– da.. ., con lo que era fácil pensar: ¿A dónde irá a parar todo esto? De seguro que todas estas cosas son anuncio de algo grande que va a venir. ¿Qué veremos el día del mensaje? Con vistas a ese día empezaron a llegar anticipadamente algunas personas. Por ejemplo, dos días después de la fiesta del Pilar, aparecía por primera vez en Garabandal un ingeniero alemán avecindado en España, en Madrid: don Máximo Forschler Entenmann 12 • Aunque protestante, estaba muy vinculado a la familia Andreu; por eso venía acompañando a nuestro ya bien conocido P. Ramón María. Su llegada no fue del todo fácil... Era el día 14, segundo sábado de octubre, octava de aquella especialísima fiesta del Rosario que había habido en Garabandal. Oigámosle a él: «Faltando unos treinta kiló– metros para llegar a Cossío, tuvimos un tremendo choque, en pleno puerto 13, con otro coche; el accidente pudo tener consecuencias fata– les..., y sólo posteriormente he llegado a comprender que fue sin duda la Santísima Virgen quien nos libró de una muerte segura. 12 El mismo dice así al presentarse: «He sido desde mi infancia un fervoroso creyente, pues fui bien educado por unos padres, ya ·fallecidos, de ejemplar cris– tiandad; por eso he amado sobre todo a Nuestro Señor Jesucristo. Estoy casado con una súbdita española, católica». A este señor se refiere la anécdota que ya hemos recogido en el capítulo V: «Una señora pidió con insistencia a la niña vidente, que preguntara a fa Virgen si su marido creía en Dios. Después del éxtasis, conoció la respuesta: "En Dios, sí cree; en la Virgen, muy poco... . Pero ya creerá". Hubo aquí dos realidades milagrosas: saber de la intimidad de una persona a la que la niña no conocía de nada, y una clara profecía, que ciertamente se cumplió. 13 Se trata, sin duda, porque ellos llegaban desde tierras palentinas, del Puerto de Piedras Luengas, 1.213 metros sobre el nivel del mar, a caballo sobre las pro– vincias de Palencia y Santander, y desde el que pueden contemplarse, en días des– pejados, soberbias panorámicas hacia los Picos de Europa y la Sierra de Peña Sagra. ·
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