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232 -¿Usted ha contado las formas que tiene en el sagrario, para ver si le faltan? -No; nunca me he preocupado de contarlas. -Pues debería hacerlo. -Y ¿acaso es necesario -intervino de nuevo el doctor Ortiz- que las formas sean del sagrario de esta iglesia? Pueden venir incluso de la China, pues para Dios no hay distancias ni dificultades. Don José Luis Martín Delcalzo dio media vuelta, y se marchó con sus compañeros. Parece que salió de Garabandal con no muy buen ta– lante... , no sabemos si porque no le gustaba aquello, o porque su dia– léctica había quedado malparada frente a las observaciones de un seglar. Mientras llega el gran día En octubre se remansó la afluencia de forasteros. Ya no quedaban veraneantes por la Montaña, y el ritmo normal de ocupaciones y tra– bajo requería la presencia de cada uno en su puesto... Estaba, además, por delante y muy cerca el gran día; y casi todos se reservaban para él. Porque, sin duda, ¡valdría la pena! Los que ya habían visto «cosas», se encontrarían con más, mucho más, el día 18; y los que aún no sa– bían de aquellas emociones, podían contar -con que las tendrían al má– ximo en tan señalada fecha. No obstante, los fenómenos seguían a dario 9'. Por el lugar que ocupa en el diario de Conchita, aunque ella no dé ninguna precisión cronológica, quizá debamos poner en a1guna de estas fechas el llamativo fenómeno de que habla en la página 50: «En una de nuestras apariciones, bajábamos Loli y yo de los Pinos . con mucha gente, y vimos una cosa como fuego en las nubes; lo vieron la gente que estaba con nosotras y también los que no estaban. Cuando pasó eso, se nos apareció la Virgen, y le preguntamos que qué era aquello, y Ella nos dijo que en aquello vino Ella». No fue ésta la única «señal en el cielo» 10. Tenemos la fecha exacta de otra, quizá más espectacular: «En otro día de nuestras apariciones, 9 En estos días de octubre presenciaron los señores Ortiz muchas escenas o detalles interesantísimos. Por ejemplo: Conchita y Loli, en éxtasis a la puerta de la iglesia, cantaron a dúo y admira– blemente el Ave María. Una de las noches, a Conchita la sorprendió el éxtasis cuando aún estaba ce– nando, sentada encima del fogón: quedó maravillosamente transformada, y apre– tando en su mano el vaso de leche, que no hubo manera de quitárselo. Alguien llegó a pedir a Maximina González alojamiento, del 14 al 18, para una señorita extranjera que ya había estado en el pueblo anteriormente (Muriel Catherine). Los señores Ortiz, que no la conocían, oyeron comentar que era judía, pero que quería bautizarse; y quedaron verdaderamente sorprendidos ante fa in– genuidad de las niñas videntes, que comentaban: «Siendo ya grande, ¿cómo podrá tenerla el padrino en el brazo durante su bautismo?» Después que les explicaron la diferencia entre el bautismo de párvulos y el de adultos, exclamó alegremente Conchita: «¡Qué bien! Así podrá ser "padrino" Mari Cruz y madrina yo». 10 Le. 21, 11 y 25.
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