BCCCAP00000000000000000000758

Se fue con prisas a la monraña 231 A cierta hora de la tarde, los de la prense. asomaron por casa de Conchita. Esta, se encontraba en la pequeña cocina, a la espera del éxtasis, pues ya había tenido llamadas; la acompañaban algunas perso– nas, entre ellas la señora del doctor Ortiz, que se sentaba a su lado junto al fogón. Los llegados se quedaron a la ?uerta, observando aten– tamente a la niña ... Conchita, que parecía estar como a la escucha de algo , se inclinó entonces hacia la señora de Ortiz y le habló al oído: -Dígale a ese señor que se siente. (En la cocina no quedaba libre más que una sillita muy baja.) -Pero ¿cuál? Son tres. -Ese, ése del medio. La señora se estaba poniendo ya colorada, pues al cuchichear así, todas las miradas les habían caído encima. Levantó la voz hacia Martín Descalzo: -Dice la niña que se siente usted. -¿Quién?... ¿Yo? -Sí, sí -intervino Conchita-, usted. -Pero.. . ¿yo? -Que sí, ¡usted! Con aire de gran extrañeza y desconcierto, tal vez .de contrariedad, fue el hombre a ocupar la sillita vacía. ¿Por qué aquella distinción? Como no fuera por su condición de sacerdote... ¿Y quién sabía allí nada de eso? ... Porque les cansara la espera, o por lo que fuese, al poco rato los periodistas salieron a la calle. El doctor Ortiz ll_egaba entonces, y al pasar, oyó decir a uno de ellos: «Me gustaría quedarme a ver esto; pero se retrasa mucho, y yo tengo que estar en Bilbao por lo .menos a las seis de la mañana». Tuvieron la atención de entrar a despedirse, y entonces Conchita le dijo al desconocido Martín Delcalzo, con gran dulzura: « Vamos, qué– dese un poco más ... » Quedaron ellos titubeando ..., y muy poco des– pués, «al de poco», que dicen en Bilbao, se produjo el éxtasis ... Como tantas otras veces, la niña se echó extática a la calle, y en ella les dio a besar el crucifijo a los de «La Gaceta»... ; es de suponer que no lo habrán olvidado. Después del trance, estaban haciendo comentarios, en la cocina de Aniceta, don Valentín, los señores Ortiz y algunas personas más. Llega– ron los del periódico, y el padre Martín Descalzo, nada sereno, se di– rigió a don Valentín: -He oído por ahí que las niñas reciben la comunión de manos de un ángel... -Eso dicen ellas por lo menos -replicó bastante tranquilo don Valentín. -¡Pues eso no puede ser! Porque el ángel no puede consagrar. Don Valentín guardó silencio, y entonces intervino el doctor Ortiz: -Esa razón no vale mucho, porque el Señor puede permitir que el ángel tome formas consagradas de cualquier sagrario. El impugnador quedó algo desconcertado, pero se repuso pronto y preguntó a don Valentín:

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz