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230 del santísimo rosario de la bienaventurada Virgen María, nos pongamos a imitar lo que enseñan, y así podamos alcanzar lo que prometen». Los señores Ortiz, «dejando a un lado la comodidad», se fueron a pasar en este mes ·de octubre sus vacaciones del año a Garabandal. Había un serio problema de alojamiento; pero se lo resolvieron el cura don Valentín y el indiano don Eustaquio Cuenca (oriundo del pueblo), convenciendo a la tía de Conchita, Maximin·a González, para que los re– cibiera en su casa. El día 7, recién llegados, quisieron celebrar la fiesta mariana yendo con todo el pueblo al rosario del atardecer en la iglesia. A la salida, las niñas entraron en éxtasis ... y don Celestino quedó impresionado, una vez más, ante aquel fenómeno de que «ellas daban la impresión de ca– minar lentamente, y quienes las acompañábamos, teníamos que ir de– prisa, cuando no a marchas forzadas, si las queríamos seguir». Como pormenores niás llamativos, don Celestino anotó tres: -Las videntes, en postura de sentadas, las piernas estiradas hacia adelante, las manos juntas ante el pecho en actitud de oración, y la ca– beza echada hacia atrás, se deslizaban sobre el suelo pedregoso como si fuera sobre suave alfombra. Acabado el trance, pudo él comprobar que las pequeñas no ten:(an ni una leve marca de rasguño o rozadura. -Después de veloz carrera, las niñas cayeron extáticas sobre un . montón de leña que había junto a la casa del indiano, formando «un maravilloso cuadro plástico, con tal expresión de felicidad en sus ros– tros, que no podrían simularla, ni de lejos, los artistas más consu– mados». -Un señor de Madrid, que quiso seguir a las niñas en aquellas marchas, perdió el bastón que llevaba, y descorazonado ante la impo– sibilidad de encontrarlo en la oscuridad, se fue a sentar ante la puerta de Ceferino, lamentándose vivamente de lo ocurrido, pues «era un bas– tón prestado y, además, recuerdo de guerra» ... No mucho después, los circunstantes vieron aparecer a Conchita en éxtasis y marchando hacia ellos; la niña se llegó al desconsolado señor, le entregó, sin mi– rarle, su bastón, y siguió adelante. * * * El día 11 de octubre celebraba la Iglesia la fiesta litúrgica de la Ma– ternidad de María (al año siguiente, en tal fecha, empezaría el Con– cilio Vaticano II), y la Madre de Dios y Madre nuestra vino a regalar con su visita a los hijos que la esperaban en Garabandal. .. Habían apa– recido por allí tres señores, con cierto aire de suficiencia y desenfado, que luego se supo eran periodistas del diario bilbaíno «La Gaceta del Norte»; uno de ellos, regordete y de no mucha estatura, tenía ya un nombre famoso en España; pero nadie le conocía allí, y nadie hubiera podido reconocer en él a un sacerdote, pues llegaba de paisano, en mangas de camisa (la temperatura era muy buena), el cuello desabro– chado, etc. «Por su aspecto exterior -diría luego un testigo-, se le hubiera creído cualquier cosa, menos un cura». Se trataba de don José Luis Martín Delcalzo.
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