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226 Al poco rato de haber parado ellos ante la casa de Ceferino, a pri– mera hora de la tarde, salió de la misma, «maravillosamente transfigu– rada», su hija Loli. Igualmente transfiguradas llegaban de sus respec– tivas casas Conchita y Jacinta. Se juntaron al comienzo de la calle que va hacia la iglesia, y empezaron la marcha... «Según iban, pudimos entender muy bien a una de ellas: "¡No, no! ... ¡Qué horror! ¡Qué horror!" Nos impresionó mucho aquello, y la cara de susto de la niña era de las que no pueden olvidarse; pero nadie pudo saber de qué se trataba. «Un sacerdote se abrió paso a empujones por entre todos los que las seguíamos y se plantó delante de ellas, con los brazos extendidos ... No sé por qué hizo aquello; tal vez buscaba alguna prueba. Las niñas, que no le podían ver (tan levantada llevaban la cabeza y tan clavada la vista en el cielo), le rodearon sin tropezarle, y siguieron adelante, de– jándole en el medio. «Estuvimos luego un rato largo en la iglesia, con una serie de deta– lles verdaderamente emocionantes... «Al salir, las niñas iniciaron una marcha extática. Ceferino se puso entonces a su espalda, para protegerlas. «En una calle pudimos contemplarlas casi tendidas en tierra, en extraña posición: la espalda y los pies levantados del suelo, tocando li– geramente en él sólo con la extremidad de la columna vertebral, los brazos extendidos en ademán suplicante, y los ojos mirando hacia arriba sin pestañear... 1 No sé lo que sentirían los demás: yo estaba sobreco– gida, como temblando ante algo misterioso que parecía palparse». Luego vino una de las velocísimas marchas hacia los Pinos... Los espectadores las siguieron como pudieron. «¡Había que verlas debajo de aquellos árboles! En pie, las caras levantadas del todo, los brazos extendidos en cruz y con las manos vuel– tas hacia arriba, .. , eran la más hermosa imagen que he visto de un alma en plena actitud suplicante. «Al cabo de un rato, en aquella misma postura, empezaron, pero de espalda, la dificilísima bajada de los Pinos ... La gente resbalaba, tro– pezaba, caía, rodaba: ellas, como si alguien las llevara en palmitas 2 • «En la plaza del pueblo se separaron, y sin salir del éxtasis, cada una marchó para su casa. Ante la suya, vimos a Loli salir del trance con la más encantadora sonrisa». 1 Elena Cossío añade un detalle, quizá demasiado realista, pero que sirve no poco para hacerse cargo de hasta qué punto las videntes estaban fuera de sí, totalmente absortas en lo que veían: «Varias moscas, tan pesadas en el mes de septiembre, revoloteaban sobre sus caras, y se les posaban alguna vez en los mis– mos ojos, sin que se advirtiera, por parte de las niñas, el más mínimo reflejo de contracción o parpadeo». 2 Don José Ramón García de la Riva dice en sus «Memo!lrias», hablando de las bajadas· de •los Pinos por parte de las videntes: . «No hay persona humana, que lo haya visto y pasado, y sea imparcial, que diga que aquello puede explicarse "naturalmente"... No puedo creer en la buena fe de nadie que discuta la "anormalidad" de este hecho concreto. Le invito a que haga la prueba sobre el terreno. Cierto que dirá que no hay posibilidad de explicación natural. Pues esas acttiaciones de •las niñas ¡se repetían casi a diario!»

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