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Se fue con prisas a la montaña 223 Salvador Jesucristo, que se entregó por nosotros a fin de rescatarnos de toda iniquidad y tener así un pueblo propio, afanoso de obrar bien» (Tt 2, 11-14). Al terminar este capítulo, cae extrafiamente ante mis ojos (no re– cuerdo cómo llegó hace meses a mí) una fotografía-postal, donde bajo un cielo espesamente nublado aparece el difícil camino de Garabandal. .. A lo lejos y arriba, los Pinos; detrás, y como fondo, los montes que esconden sus cumbres entre nubes. Esta singular panorámica viene co– mentada al dorso por unos versos, de cuyo valor literario, no hay por qué hablar ahora, pero que tienen el valor indiscutible de recoger den– samente lo mucho que ya ha sido Garabandal y anunciar lo mucho más que aún deberá ser. ¿Quién ha sido su autor? Por ahora lo ignoro; pero nos habla en ellos «la voz de todo un pueblo»..., la de los innumerables que han hecho aquella ruta con el espíritu desocupado de prevenciones: «Camino... con los ojos puestos en la esperanza de unos pinos centenarios... ; con pies firmes, mirando en lontananza a donde sólo a Dios se alcanza por camino penitente de rosarios: Lejanía, horizontes, ¡sitial de María!, ¡púlpito de la Profecía!; humeral que cubre las espaldas del Misterio... , en donde estallará la Luz de Dios creando un Nuevo Día. ¡Camino mil veces recorrido! Soñado siempre, "!{ más rezado, donde el Salmo se hará nido. y Voz, el cielo aún sellado».
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