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Se fue con prisas a la montaña 219 aquellos «juegos», ya tan lejanos: «De seguro que la Virgen quería enseñaros a buscarla, para disponeros a una vida de fe pura y sencilla, cuando se acabaran las apariciones. Y ahora que os encontráis en plena oscuridad espiritual, sabéis mucho mejor que yo lo que esto quiere decir... » «-Sí -replicó Conchita-, esto era lo que la Virgen quería ense– ñarnos. Yo leeré su conferencia.» * * * Pero volvamos al relato de doña María Herrero sobre aquella jorna– da del 12 de septiembre, fiesta del Dulce Nombre de María. «Hacia las ocho de la tarde, ya entre dos luces, las niñas, que es– taban en éxtasis, atravesaron el pueblo y se dirigieron al camino que baja hacia Cossío. Ha sido la primera vez que yo las viese marchando en tal dirección. No las seguí, porque estaba muy fatigada de tanto correr detrás de ellas, de un lado para otro, en una tarde bastante calurosa.» «Este día del Dulce Nombre de María era mi fiesta onomástica, y naturalmente, la de Aquella que había llevado como nadie este hermoso nombre; por eso yo había dicho a Conchita que felicitase de mi parte a la Santísima Virgen... Me había emocionado saber que en una ocasión Ella había hecho llegar su felicitación, en su fiesta, a cierto señor que frecuentaba devotamente San Sebastián de Garabandal. «Aniceta tenía prohibido a Conchita salir por el camino vecinal fue– ra de la vista del pueblo; entonces ésta, viéndose impedida de seguir a su visión y a sus compañeras, empezó a llorar a grito:;, pidiendo a su madre que la permitiera continuar adelante. Aniceta quedó tan im– presionada por la voz llena de dolor de Conchita, que tuvo la seguridad, según me lo ha dicho ella misma, de no encontrarse simplemente ante la voz de su hija, sino ante una fuerza extraña que salía de ella y de su voz. No tuvo más remedio que dejarla partir; y entonces las cuatro niñas emprendieron una vivísima marcha hacia Cossío, tan rápida, que la gente que las seguía no podía darles alcance. Entonces me decidí yo a correr también detrás de esta gente; pero me sentía extenuada, y de cuando en cuando tenía que detenerme para tomar aliento... Afortunada– mente, también las niñas se detuvieron, para ir rezando en alta voz, acompañadas de la gente. «Al llegar al puentecilla de madera que había sobre el barranco por cuyo fondo corre como en cascada un arroyo, ellas se pararon del todo y, vueltas hacia los Pinos, continuaron allí con sus rezos ... Bajo el cielo puro, ya tachonado de estrellas, er. la noche clara, transparente, las avemarías se iban desgranando lentamente, como transidas de una unción infinita. «Los quince misterios del rosario se recorrieron así, el uno detrás del otro, sin prisas (como las niñas solían rezar en éxtasis) ... y toc-~0 invitaba a la MEDITACION. «Yo, al menos, comprendí entonces como nunca la frase de Conchita que llamaba al "Cuadro" su "cachito de cielo"... Este cachito de cielo
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