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208 «Procuré informarme sobre lo que estaba ocurriendo en el pueble– cito de la Montaña; y dispusimos el viaje: ella iba todavía con más fe que yo. «Al llegar, el día 27 de agosto, domingo, nos encontramos con un ambiente desagradable..., debido a cierta excursión, que daba a todo aquello un aire de romería, como si se tratara más de una cosa de juer– ga que de asunto religioso y serio. Nos encontramos con un padre sa– lesiano, que también andaba desconcertado; al ver aquel ambiente de gente, se había indignado, diciendo entre otras cosas que todo aquello tenía las mayores trazas de ser diabólico... A tal punto, acertó a pasar por allí el cura del pueblo, y se acercó a él para tranquilizarle: "Usted no puede juzgar de esto que pasa aquí, por lo que está viendo en esa gente; aguarde a ver los éxtasis de las niñas, que todavía no ha visto ninguno". «El Padre, sin embargo, no se tranquilizaba, y yo le recuerdo muy preocupado por si ya habían echado los exorcismos a las niñas ... , y que si no habían hecho esto, que había que hacerlo cuanto antes. Este Pa– dre residía en América, y resolvió quedarse allí en Garabandal dos o tres días, para estudiar mejor todo aquello; sé que después :marchó entusiasmado.» El sobresalto y los dichos del Padre hicieron efecto en la gente sen– cilla de San Sebastián. Nos lo dice Ascensión de Luis: «Al día siguiente, lunes, 28 de agosto, las niñas y sus familias esta– ban impresionadas, y el pueblo también, por aquello que tanto repetía el Padre de que muy bien pudiera ser cosa del demonio. Por eso habían preparado un frasco, pequeño, de agua bendita, para echársela a la aparición tan pronto como volviera. No había que fiarse, decía el Padre, pues el demonio es muy listo, y puede engañar, apareciéndose de diversas maneras; a él nada le cuesta empezar con apariencias bue– nas. Las niñas, muy preocupadas, no se desprendían para nada de su frasco de agua bendita. «Ya por la tarde, Catherine y yo, aunque éramos unas desconocidas, logramos entrar en una casa, la de Jacinta, donde estaban, allí en la cocina, ella con sus padres y Mari Loli con los suyos, sin poder disimu– lar la preocupación que tenían por aquello del padre salesiano. ¿ Qué ocurriría cuando, al llegar la visión, la recibieran con un "asperges" de agua bendita? Eramos como ocho o nueve personas, presididas por el párroco, don Valentín. Cuando pude, expliqué muy brevemente a las niñas la situación de mi compañera... , rogándoles que pidiesen mucho a la Virgen por ella. Y les confié mi querido rosario de plata, para que lo dieran a besar. «No mucho después, Jacinta y Loli entraron en éxtasis, de la forma impresionante que tantas veces se ha descrito. Y en seguida les enten– dimos decir a la visión, con aquel habla como en un susurro tan ca– racterística de los trances, que había venido un Padre que decía era el demonio, y que iban a tirarle agua bendita para que se marchara... Lo decían con una carita de tristeza y de susto que impresionaba. Pero de pronto se iluminó su cara con extraordinaria alegría, y rompieron a sonreír maravillosamente, posando a un lado, y detrás, el frasco de agua que llevaban».
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