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206 aquí que ninguno de cuantos subieron hacia Ella con auténtica religio– sidad, o con el ánimo no en mala disposición, bajara de allá defrau– dado. Y son bastantes los que afirman que en aquel pueblecito mon– tañés han pasado los mejores momentos de su vida. « Yo, decía un sacerdote, aún no sé lo que es el cielo; pero en Garabandal me parece que he estado en su antesala». Del agua de Garabandal, al agua del bautismo Hay, de los finales de este verano de 1961, una singular historia, que pone de relieve como pocas otras la acción «de Salud» que la Virgen vino a hacer en Garabandal. Por una serie de circunstancias, que muchos atribuirían a la casua– lidad, cuando no al destino, pero que nosotros, los de la fe, atribuimos a la Providencia, una señorita de París llegaba en los comienzos del verano de 1960 a la casa de una señorita de Burgos. La de París anda– ba por los dieciocho años, si es que ya los había cumplido, y se llamaba Muriel Catherine X 13 ; la de Burgos tenía algunos más, y se llamaba Ascensión de Luis. Es ésta la que puede informar, con pormenores interesantísimos, sobre cómo y por qué Muriel Catherine cayó «pro– videncialmente» por su casa y se mantuvo en ella. La francesita venía con afán de aprender nuestro idioma, y al mis– mo tiempo tener nuevas experiencias y encontrarse con nuevos am 0 bientes. Sus padres la dejaban para esto con notable autonomía, y así ya había andado ella, sola y libre, por otros países de Europa. Ascensión de Luis, empleada en unas oficinas estatales, vivía casi sola en el piso familiar, pues había perdido tempranamente a sus padres y los hermanos se habían ido independizando. Por eso había accedido a tener temporalmente con ella a la desconocida estudiante francesa. Ascensión era de profunda religiosidad, marcada por una extraordina– ria devoción a la Virgen, cuya actuación maternal -¡era la única madre que le quedaba!- había sentido muy de veras en momentos importan– tes de su vida... Vivir la fe era para ella como la cosa más natural del mundo; y así, el primer domingo de tener en su casa a la francesa, con toda naturalidad le dijo a Muriel: «¿A qué hora vamos a misa?» Esta acogió la invitación, y del brazo se fueron las dos a la iglesia. Pero Ascensión de Luis no tardó en advertir, sin pretenderlo, que su compañera estaba allí como gallina en corral ajeno: su despiste era evidente, aunque ella trataba de hacer lo mejor posible cuanto veía a los demás. salieron con un crucifijo pequeño y fueron casa por casa, ddndole a besar a todos». Del día 6: «Estuvieron de puerta en puerta cantando rosarios. Dieron a besar el crucifijo a todos, y subían donde habla enfermos o ancianos». (Notas de don Valentín.) A mí me parece claro que en todo esto había una hermosa manera de recono– cer y proclamar cada casa u hogar de cristianos -y en Garabandal todos lo eran– como verdadera «iglesia doméstica», con todo lo que esto entraña. Y es que cual– quier lugar donde viven hijos de Dios, tiene no poco de «Cása de Dios». 13 Tengo la ficha -completa de Catherine; mas por ciertas razones no ~ doy aquí.
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