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204 bajar de lo alto su mirada ~e fue hacia él, crucifijo en mano ... El pobre Pepe hubiese preferido que le tragara la tierra. Cayó tembloroso de ro– dillas, y sintió cómo ella le ponía con suave fuerza el crucifijo en los labios, como obligándole a un beso de reparación por aquella blasfemia que sólo habían podido escuchar los oídos de Dios. El buen albañil quedó bien adoctrinado, con más provecho que si se le hubieran dirigido varios sermones sobre la fiel observancia del segundo mandamiento de la Ley divina. No se le olvidará la lección. Y es que en Garabandal, de un modo inefable, parecía estar la Madre para repetirnos a todos: «Hijos míos, me dirijo a vosotros, para que no pequéis. Pero si alguno llega a caer, para eso está el abogado que te– nemos ante el Padre: Jesucristo, el Justo. El es la víctima de propi– ciación por vuestros pecados» (I Jn., 2, 1). Hay más episodios aleccionadores de estas últimas semanas de un verano inolvidable. Vamos a recordar uno, que es precisamente sobre cierto punto que suele minimizarse ahora con exceso. Sabemos que «las niñas» eran de un comportamiento honestísimo. Los testimonios son explícitos y abundantes. Véase uno de gran valor, por la calidad de la persona y porque convivió como pocos con las protagonistas de nuestra historia. «Desde mi primera visita, el 22 de agosto de 1961, he aprovechado todas las oportunidades para subir a Garabandal, donde pasé y paso mis mejores días. «Me determiné a estudiar bien a las niñas, no sólo en sus trances, sino también en su estado de normalidad. Tengo hasta películas en que se demuestra claramente que no se trata de niñas enfermizas o raras, o con síntomas anormales. Y puedo referirme, con buen conocimiento de causa, a su manera de comportarse: en casa, en la mies, en los in– vernales, en la iglesia, etc., etc. No se distinguían de las demás niñas del pueblo: jugaban, corrían, saltaban, rezaban.. . Ahora sí, hasta en su porte externo podía advertirse algo, que no era común con las demás niñas. Por ejemplo, su misma manera de sentarse; lo hacían siempre con gran modestia. Y nunca se las ha podido sorprender en la más mí– nima falta de impureza. Su comportamiento en esto ha sido extremado. Es más: todos hemos podido observar en los éxtasis cómo se preocu– paban de que sus vestidos quedaran en orden» (don José Ramón García de la Riva, «Memorias de mis subidas a Garabandal»). Sí, su comportamiento fue siempre honestísimo; pero no olvidemos que los usos y estilo de la moda en el vestir, que coyunturalmente do– minan en el ambiente, llegan a los rincones más apartados. Las niñas de Garabandal vestían como las demás niñas de su tiempo y tierra; y, por eso, sin desentonar en absoluto, algunas veces andaban, en fuerza de lo que entonces se estilaba, un poco faldicortas. .- La Virgen no dejó de llamarles la atención, con delicadeza de Madre. «En uno de sus éxtasis 10 fueron las tres niñas a su respectiva casa, por orden de la Visión, a cambiar los vestidos que llevaban por otros más largos. "Siempre deberíamos llevar los vestidos así de largo, sobre 10 Sé trata .del éxtasis ·de media noche, en la del 9 al 10 de septiembre.
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