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Se fue con prisas a la montaña 203 absolutamente Puro... Pero también entonces, como nunca, hubieron de vislumbrar hasta qué punto está dispuesto El a acoger a los manchados, para perdonarles y ser su mejor ayuda en una tarea de purificación. Aquel beso, tan esperado y tan exigente, en la noche de Garabandal ha tenido que marcar «saludablemente» el vivir .de la pareja. Ante Dios nunca hay cosas sin importancia... «Lo .que no puede el viento, puede a veces la brisa; y hay vidas que se · pierden, por sólo una sonrisa» (Pemán). Si un simple sonreír puede iniciar la ruina de una vida, también un beso bien dado puede marcar el comienzo de una viJal recuperación. * * * Aquí encaja de lleno, aunque no puedo precisar su fecha, otro de los innumerables y «menudos» sucesos que constituyeron la Hora de Garabandal en la inmensa Historia de la Salud. Lo he recogido directamente de labios del albañil Pepe Díez 9 , que fue su protagonista: se acuerda de ello como si aún lo estuviera vi– viendo. Como en casi todos los anocheceres por aquellas fechas, también en el del día a que nos referimos hubo «fenómenos» dentro del pueblo, y las singulares procesiones de oración y penitencia que se formaban siempre en seguimiento de las niñas que recorrían en éxtasis las calles o los caminos. Pero aquel día Pepe Díez no se molestó en asociarse a ellas: aparte de que ya no constituían ninguna novedad, él estaba algo cansado, o no tenía ganas. Desde casa pudo seguir perfectamente el ruido de pisadas y rezos que se acercaban, y pasaban, hasta perderse en la distancia... Cuando todo quedó en silencio, nuestro hombre salió, a no sé qué asunto, y se metió por una calleja oscura, para evitar mejor todo encuentro que pudiera detenerle. En cierto momento, al arrimarse más a la pared, se dio un buen golpe en la frente contra alguna piedra que sobresalía de la misma; y la reacción fue inmediata -«motus primo primi», que han dicho los moralistas-, la reacción típica de tantos hombres que han crecido entre el mal hablar y han acabado haciéndole suyo: soltó una blasfemia. -Menté a San Pedro, confiesa él. Inmediatamente se sintió avergonzado. Pero no tuvo tiempo ni de reflexionar. Algo le dejó como clavado en un rincón de la calleja: el ruido de.la «procesión», que se había alejado del tod(J, volvía ahora de pronto, y empezaba a crecer como con cierto apresuramiento ... No tardó en. tener todo aquella encima, e inútilmente trató él de refugiarse donde más espesas eran las sombras_. para que todos pasaran sin ad– vertir su presencia: la niña que venía extática al frente del cortejo, sin 9 Ver el cap. II, pág. 28.
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