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202 ventana precisamente cuando la niña empezó con lo de los besos: él y ella se consideraban indignos de poner sus labios en aquella santa imagen. Le costó un poco al hombre convencerles de que era equivocada su actitud, de que por muy pecadores que se sintieran, no había razón para rehuir a quien había venido precisamente en busca de pecadores ... ; que El les esperaba, era evidente, pues allí estaba la niña, con su brazo tendido hacia la oscuridad, y ofreciendo el crucifijo ... ¡a ellos, que eran los únicos que faltaban!; y no hacía tal cosa por propia iniciativa, pues no había más que ver cómo ella estaba plenamente abstraída de cuanto ocurría a su alrededor... Ante estas reflexiones, cesó la resistencia, y los alejados se acercaron temblorosos a poner también sus labios en la imagen de quien tan extraordinariamente les había querido invitar y esperar. Después de aquellos dos últimos besos, la niña retiró su brazo de la ventana, y minutos más tarde acabó el éxtasis 8_ Casi en el mismo momento llegó recado de Ceferino para el señor Ruiloba, de que fueran inmediatamente, porque su hija Mari Loli aca– baba de entrar en trance. Se fueron tan de prisa como pudieron, y lle– garon a tiempo de escuchar cómo la niña hacía fielmente a su visión la súplica que tanto le habían encargado... Esto les llenó de consuelo; pero al consuelo siguió la mayor sorpresa, cuando oyeron decir luego a la niña: «¡Ah! ¿Que ya te lo acaba de pedir Conchita?» El señor Ruiloba tiene el absoluto convencimiento de que en todo esto tuvo que haber una intervención sobrenatural, pues Mari Loli no pudo conocer por ningún medio natural lo que acababa de ocurrir en. el éxtasis de Conchita. -Y de todo esto, ¿qué? -preguntará alguien. -Pues, segúramente, el señor tan respetable de la pierna cortada se quedaría, en cuanto a salud física, en la situación en que se encon– traba antes ... (ahora ya descansó en el Señor); pero no quedó como antes en cuanto a otras cosas más valiosas. Como había subido «con gran fe», no quedó defraudado, y sabemos que bajó muy contento de Garabandal, con el alma llena de soplos bienhechores. Sabemos que esta– ba emocionado por Guanto había visto y sentido... , y bien seguro de que no había perdido el viaje. No podía dudar de que en aquellas alturas ac– tuaba algo, que a él le había afectado muy «saludablemente»; algo que, aunque no lo supiera explicar, le había acercado a la mejor Salud. Ya podía entender como nunca aquellas palabras de Cristo: «Más vale entrar cojo en la vida eterna, que disponiendo de dos pies, ir a parar a la barranca del fuego inextinguible» (Mt. 18, 8). ¿Y qué decir de la pareja refractaria? ¡En la vida olvidarán ellos tales minutos de «suspense»! Debió de dolerles en lo más vivo la agudeza con que entonces per– cibieron su «indignidad,,; aquella incompatibilidad, en unos mismos labios, entre los besos lascivos o sensuales y los besos a la imagen del 8 He llegado a comprobar por ,las notas de don Valentín que este episodio tuvo lugar en la noche del 17 de septiembre.
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