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TEMPORAS DE PRIMAVERA 499 Fernández de Córdoba, «El Gran Capitánn. Que levante el dedo quien militar y viri.lmente se crea digno de comparase con él. llPues bien: aquel hombre, caudillo de las tropas españolas en las primeras campañas imperi,ales, creador del arte moderno de la guerr,a, co,r..sider,ado por todos como el genio militar de su si,glo, llevaba en todas partes una vida piadosa e inmaculada. nVean lo que dice su bi6,grafo Luis María de Lojendio en la página 143 de su libro: ,wPor su fidelidad familiar, ,pocas ~idas han sido tan limpias y tan claras ,como la del Gran Capitán. Llega a un grado en que la perfecci6n parece inverosímil, dado el am– biente ,en que vivía. Ni la ,libertad desgar.rada de los campamen– tos, ni los medios corrompidos de Italia, ni Ja larga s,eparaci6n de las campañas r.ompieron la línea austera de aquel hombre, que había rcensrurado ante Alej.andro VI los des6rdenes de la Corte Pontificia con la energía de su sincera indiignaci6n y la autoridad que le daba su vida ,ejemplarn. lJMas no es s:Slo esto lo que nos dice el señor Loi,endio sobre el Gran Gonzalo de C6rdoba. Leemos en la página 369: ccHabía sido rígido consigo mismo. Pero hasta un grado tal, que ni quie- 1!!.,es fueron testigos de su rectitud moral en medio ,del desgarro de los campamentos, ni su propia mucr,er, a quien ,guard6 fideli– dad constante, llegaron nunca a sospechado. nDicen que llevaba consigo la llave de un pequeño cofre, cuyo ,contenido a todos intrigaha ... Fué necesaria su muerte para que se conociese su secreto. La propia doña María Manrique ~su muier-lo abri6 Juego, y dice la Cr6nica manuscrita que «hall6 dent,ro un cilicio muy áspero y una disciplina llena de sangre, que jamás persona alguna, ni su misma mujer, habían sabido ni barruntado tal cosan. ¿ Quién hubi,ese podido presumir que cuando mar·chaha el ,primero en los combates, o ,al planear sus geniales bataUas, o en la magnificencia de sus recepciones de Castell Nuovo ... , aquel hombre de fe ardiente maceraba sus carnes con la aspereza propia de un ermitaño ? Este Gonzafo de la disciplina ;y el diido, el de la austera rigidez en las cos– tumbres, ,el que de rodillas en el campo ofrecía a Dios sus vic– torias, era quien esperaba con la paz en el ,alma el fin de su gloriosa jomadc. en el mundoJJ.

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