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484 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA -Tenemos que acabar de una vez. Ya estoy harto de que te diviertas jugando conmigo. - Yo no veo el juego por ninguna parte. ¿ Acaso te he pro– metido algo alguna vez? Si no te mandé a paseo desde el pri– mer día. fué por... j qué sé yo ! Tú has sido quien se empeñó en persegmr,me. -Pero es que tú... Ya sé que me despredas... -Estás ,equivocado, amigo. No tengo motivos para despre 7 ciarte, y, además, sería muy poco cristiana si lo hiciera. ~¿ Será ent;nces que no puedes olvidar lo del beso en el cine? --,Muy mal te portaste ,entonces; pero, ,en fin, con el tiempo todos los disgustos se van pasando. No soy rencorosa... ¿ No com– prendes que puede haber otros motivos ? ¿Es que una chica está obligada a aceptar a un muchacho que la quiera sólo por el hecho de que no tenga nada contra él? ¿No podemos nosotras decidir libremente nuestros destinos? -Josefina: siempre te he encontrado un poco rara, fuera de lo normal..., ,como si tuvieras ,un gran secreto que obliga a obrar de un modo ,extraño, ,incomprensible... Josefina dudó unos instantes. Luego dijo: -,.Pues sí; teng:o un gran secreto. Pero a ti no te importa. _,¡ Ya me parecía a mí! Me lo vas a decir hoy mismo. -Si quiero. Mi secreto es cosa exclusivamente mía. Nadie puede exi,girme que se lo diga. -¡ Yo, sí! Hemos de acabar de una vez. -Tú tampoco tienes derecho a saberlo; pero lo sabrás, si me prometes con palabra de caballero que vas a dejarme luego tranquila.,. Vamos a otra calle más retirada; aquí hay demasia– da gente y demasiad-a luz. Dejaron la calle del Generalísimo Franco, la plaza de Santo Domingo ... y empezaron a caminar por la calle de la Indepen– dencia. Ya había oscurecido. Al llegar a la esquina del Instituto Provincial de Higiene. se detuvo él: -Bueno, esfo ya está bastante solitario ... -No; aún pasa gente. No quiero que nadie pueda oír una palabra de mi secreto.

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