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468 FR•. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA hay otras virtudes que Ja aventaj,an ciertamente en grandeza e importancia, por ejemplo, Ja .fe, ]a caridad, la humildad; pero todas ellas carecen de su último brillo allí donde no están bien gobernadas las apetencias de la carne. El desorden de éstas mancha y desluce el esplendor de aquéllas. Por algo llamamos <<·pecado feo» a ,Ja deshonestidad ; y nos imaginamos, en cambio, a las -almas verdaderamente puras, es decar, limpias de carnali– dades, -como ser-es casi angélicos, hechos de luz y de fragancia y de belleza. muy por encima de las basuras donde se muev•e la mayoría de los mortales. ll•c Estás conforme ? -Por lo menos no se me ocurre ninguna cosa que oponer. ~ueno, ,pues pasemos ,al segundo nombre de nuestra virtud. »En el de 1 c<continencia» aparece puesto de relieve que ser pura o limpia un alma es fruto de su propio esfuerzo. Oponiendo un -esfuerzo de resistencia ,al asalto o empuje de alguien, es como se le •«contiene». Y -<e-conteniéndose» a sí mismo, frenando los impulsos de la propia sensualidad, es como el hombre alcan:zia esta virtud que llamamos continencia. Como en la doma de po– tros salvajes, también aquí se necesita rienda y freno. »En una de sus primeras novelas nos presenta Hugo Wast a cierto campechano y simpático cura de aldea, llamado don Filem6n ; y junto a él a un tal don Eugenio Larcos, poderoso jefecillo político, que, según escribe graciosamente el novelista, ccen los días de elecciones arreaba hacia las urnas a todos los votantes de su departamento, a elegir i libremente I al candidato del gobierno». Don Filem6n y don Eugenio eran buenos amigos; pero tenían frecuentes disputas ... »Comentando cierto día cómo un rico joven veraneante había engañado canallescamente a una pobre muchacha campesina, afirmaba don Filem6n con grande enojo: >>-Todos dios son iguales... ; todos tienen tan miserable con– cepto de la honra masculina, que se creerían menos hombres si no se aprovecharan de la -«ocasi6n». ¿Como si la honra del hombre viviera s6lo ,a costa de Ia honra de la mujer! Se encon-– trarían estúpidos ante sí mismos; y más -estúpidos ante los ami– gos que supieran que en un caso así habían obmdo sencilla– mente como hombres de bien.

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