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446 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA >>'é Crees que me hago ilusiones? Si Dios no lo remedia, Ias cosas seguir.án como hasta aquí, o más bi,en, empeorando apre– suradamente. Nadie me hará caso, y menos que nadie esos per– fectos caballeros y distinguidas damas que rpara mengua del cristianismo saben juntar bien una religión <C<de picon con un pagano aprovecharse de 1a vida. nA todos ellos me gustaría decirles las pa1abras que, a otro propósito, pronunció José Antonio en el Parlamento OO-Xl-1934), increpando a una mayoría de diputados: ce j Bien ! Os habéis retorcido la conciencia, estáis dispuestos a seguir retorciéndola una vez más ... Pero quizá no esté lejano el día en que Dios disponga una ,nueva invasión de bárbaros, que vengan a retorceros a todos el pescuezo.n La novena de San Francisco había empezado con un tiempo excelente. En la evoludón meteorológica deI clima leonés no era raro que fos finales de septiembre presentasen una desagradable entrada ~n el otoño. con tiempo revuelto ry un brusco descenso de la temperatura. Pero aquel afio no fué así. Un día de tales calendas, acabada la solemne función ves– pertina de la novena y mientras llegaba la hora de cenar, el P. Fidel salió ipor unos momentos al j,ardín interior del convento. Por los cuatro lados, unas paredes desnudas y austeras, ,con los cuadms ,oscuros de sus ventanas sin luz, se alzaban cual mu– ral1as de si,lencio. Arriba, un delo sin nubes, bien estrellado. Llenando todo el recinto. la paz ... El P. ::;'idel empezó a pasear muy lentamente, viviendo d encanto del lugar y de la hora. La noche acabábase de instalar cumplidamente... Como se hace sobre las ventanas de un gran coro monacal a la hora de la meditación, ángeles invisibles habían corrido también sobre los horizontes del mundo unas cortinas de sombr,a, para que las criaturas, en suave penumbra, y ya todos los ruidos apagados, pudieran entregarse a la oración de la noche. Poco a ipoco, sobre el tejado del ala oriental del convento se 1ba alzando una hermosa luna. El P. Fidel la contempló con embeleso. Sus claridades lo envolvían todo con inexplicable

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