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TEMPORAS DE PRIMAVERA 419 giti'Vo Elías a la sombra dd enebro, ry e:xdamar como él: ,<(j Bas– ta, Señor! Y a estoy cansado de todo. ll A r,afos, el nismo P, Fidel se asombraba de aquel su estado de ánimo. Quizá nunca le había pasado nada semejante. ¿ Por qué ,abatirse ta,r: exageradamente, si no había s,erios motivos ,para ello? P,or otr,a parte, ¿ no enseñaba, no decía la fe... ? ¡ Ay! El lenguaje de ,la fe sonaba tan sólo, y muy débilmente, en la parte más alta de su espíritu, y quedaba pronto ahog,ado por 1a inva– sión de pesimis:no .que batía desatadamente todas las interiori– dades de su pe::-sona. Una tarde dorada, dulce, serena, de primeros de se1ptiembre, fué su peor tarde. Con paso lento e indeciso, que ref,lejaba ex– t•emamente el g~an decaimiento ,irnterior, bajó él ,a la huerta con– ventual. 1 a sentí!" por un breve rato el preotoñal encanto de las cosas. Sin rumbo fijo, llegó en su deambular hasta el ángulo más apartado ; ,allí, bordeando por su lado interior el ,oamino que corre bajo las tapias, se alzaban a regular altura unos cuantos árboles de ramaje tupido y verd.e oscuro, parientes ,próximos de los cipreses. Y ,allí se detuvo el P. Fidel... Se volvió a contemplar por unos momentos el sev,ero ,oonju,nto de convento e iglesia, sobre los que gravitaba hermosamente la ,paz de la ,tarde; el cielo estaba EITQio y luminoso, los ruidos, lejanos... Una hilera de pensativas golondri,nas posaba sobre los viejos ladrillos de la cornisa que ,oeñia exteriormente y a buena altura el ,crucero de la iglesia: debían de estar preparando su partida ,para las tierras de Africa. ' Con ,las man'.)s indolentemente cogidas atrás estaba el P. Fi– del contemplánéo,lo todo, sin fijar detenidamente su ,atención en nada. Le resultaba mu,y ,grato aquel dejarse sumerg,ir ,en ,el es– pectáculo de la tarde... Luego, como volviendo de un fugaz arrobo, sintió .ganas de sentarse, y lo hizo sobre el borde de una pequeña madrid, que pasaba por el pie mismo de aquellos árboles hermanos de los cipreses. Para estar m,ás a g:usto, apoyó sus ,espaldas y cabeza contra el ,tronco de uno de ellos, dejó caer sus manos a uno y otr,o lado sobre :a escasa yerba, y ·oerró ilos ojos ... Su depresión, su cansancio de espíritu, la indefinible melancolía que Ie llenaba, parecían estar arrullándole ahora en un ,«quedarsell pieno, en

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