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TEMPORAS DE PRIMAVERA 417' sen sin desfallecÉ:niento a la av,asalladora prepotenc,ia de,l mal. .. <•:Señor, Señor: :ro adoro vuestra sabiduría y acato vuestros ines– crutables desi,gnbs ; todo lo que hacéis, bien hecho está. Pero tened piedad de nuestro ,cansancio, de nuestra impotencia, de nuestra pequeñez para la inmensa tarea... Dadnos el espíritu de fe ,capaz de mo•·er las montañas, dadnos el fiarnos verdadera– mente de Vos, que es lo único que nos puede salvar ... » Pocas veces se había sentido el P. Fidel tan poca cosa frente a la magri.~tud de la labor ,aipostólica ,que exi,gían Jas necesidades espirituales del nundo. ¿ Qué era él para lo.grar que d mundo fuese menos malo? El sólo ,podía actuar en un ,punto muy pe– queño del inmenso mundo: ,l,a ciudad de León, en España ; y dentro de esta -c:udad, .¿ a ,cuántas almas podía extender su in– fluencia? Casi só!o a los miembros de la Orden Tercer.a. Y aun entre éstos, que ~e contaban ciertamente por ,centenares, ¡ cuán– tos y cuántas se dejaban [nfluir muy poco, porque siempre había a•lguna «causan para justificar bajas o huecos en los actos -comu,– nes de la He!:imandad. Por lo que se refería a las Secciones Ju– veniles, obj,eto darísimo de sus preforencias apostólicas, e qué eran o si,gnifiicaban ,en cuanto al número? Bi,en ,poca cosa. Las chicas pasaban «ofióalmente>> del centenar, pero los ,chi,cos for– maban aún tan reducido ,grupo que se podí.a hablar muy justa– mente de •«cuatro gatos» ... e Qué suponían todos ellos entre unas 70.000 almas que hacían o deshadan su vida en aquella i,lustre ciudad de Ios G".lzmanes? Todos sus muchachos juntos podían perderse ,como insignificante gota de agua entre la riada de jóvenes que salían del campo de fútbol la tarde de un domingo cualquiera ; y todas sus enfus[astas muchachas des,aparecerí:an como escasos plllltos perdidos entre la muchedumbre de chicas que llenaban las aceras de Ordofio II o el veraniie,go paseo de los Condes die Sagas::a a la hora de salir a dar unas vueltas. Llevaba ya más de año y medio trabajando rcomo pocos lo harían, y los resultados de verdad, .ahora se daba cuenta, no eran demasiado lucidos. Ya se sabía que el mundo es malo y que no tiene enmienéa, y que los hombr,es que forman el mundo son en su mayoría inútiles, tontos o perversos ; pem e qué decir ele ciertos grupos de hombres mejor dispuestos? Los hombres «me– jor dispuestos», le parecía ahor,a al P. F,idel, n,o «disponeml de 14

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