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396 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA ce~ Quién te ha cortado el ramo de la alameda~ ~Me lo ha cortado el mozo de la ribera... ¡No llores, niña, no!» Ya el so:l se ocultaba por entre los picos del Poniente cuando los excursionistas empezaron a moverse, despidiéndose de la apacible prader,a. Indolentemente, con paso lento, al ritmo sen– timental de su canto, .fueron dejando atrás a Rodiezmo, camino de Villamanín... No había prisa: el tren no llegaría hasta bien entmda l,a noche. Por la estación y sus alr,ededores, ya a la luz de las bombillas eléctricas, hubo tiempo de dar muchas vueltas, de aburrirse, de volver a can~ar casi todo el repertorio... Mujeres del pueblo asomaban a las v,entanas, y algunos hombres salían a la puerta de las tabernas para escuchar aquel concierto gratuito que venía de la estación. Un agudo silbido en la noche... A los pocos minutos entraba ruidosamente majestuoso el eX!prés Gijón-Madrid. Los ,excur– sionistas ,ocuparon rápidaimente el capaz vagón de terceiia que venía r,eservado para ellos desde Busdongo; y, en marcha... Den– tro de la oscuridad, d tren pareda correr demasiado alocada– mente, en descenso por desfiladeros y valles hacia León. A,lguna chica disimulaba mal su miedo cuando resultaban demasiado violentos los vaivenes de,l coche, que iba en cola: ,ce¡ Qué ma– quinistas más brutos ! ¡ A ver si vamos a descarrilar ! n Pero la mayoría no hacían caso de los vai 1 venes, ni de la velocidad. m de los maquinistas, y empezaron a cantar alegremente: «Vamos a León, niñas, vamos a León: que la catedral tiene la luna y el sol: i VAMOS A LEON!» Hacia media noche llegaban felizmente 1 a la ciudad amada. Encontraron los andenes llenos de familiares que habían salido a recibirles ; y por todos los grupos corría, como parte oficial de la jornada, ,la misma frase de satisfacción: c<Hemos ,pasado un día estupendo, estupendo.»
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