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390 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA Sonaron alegres palmas por todas partes ; y Juego, un coro de muchas vooes con ,el estribillo: «La blanca niña, la resalada, sale a los campos con la alborada.» Aún no se habían extinguido los ¡palmoteos y las enhorabue– nas al wcantaon>, cuando de ,un departamento vecino, donde casi todas eran chicas, una ,linda voz de muchacha entonó con garbo la primera estrof.a de aquel mismo cantar popular: ((Aire que vienes del alto, no descompongas mi pelo; repara que estoy peinada de manos del bien que quiero.>> << ¡ Que se reipita l ¡ Que se repita ! » gritaron varios del impro– visado corro que se había fonnado ,en dos segundos. Y luego, unidas en un coro voces de chicas, de muchachos y de niños, con acompañamí,ento de palmas, sa:ltó de nuevo l,a gracia del estribillo: «La blanca niña, la resalada, sale a los campos con la alborada.>> El tren seguía dej,ando kilómetros atrás, de cara a la montaña. El valle se iba estrechando. La vía se arrimaba al río; las ,pri– meras peñas ; el mundo ,negro del carbón empezaba a revelar su presencia... La Robla. Más peñas ; cumbres más altas y bravías; el río ry el tren, encajonados 1por breves desfiladeros ; hileras de choipos... La Po1a de Cordón. El bullicioso humor de los ex,cursioni.stas no aminoraba. ¿Cómo no encontrarse del mejor temple en ,aquella mañana de julio~

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