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TEMPORAS DE PRIMAVERA 387 terquedad fuí ganando la partida. El, entre refunfuño y refun– fuño, se dej6 llevar ; 1leg6 a interesarse más cada mes por el asunto; y terr.:im6 estando más ,contento que nadie, al ver la nueva vida de 1?iedad que hay en la parroquia. Porque empe– zaron los niños, pero luego se han i,do agr-egando bastantes per– sonas mayores ... ,¡ Ah ! ¿ Y no sabe que hasta hemos llevado un predicador palla ,la Semana Santa? Fué la cosa I]lás pintoresca c6mo nos ingeniamos para saca,r pes,etas a los vednos ; mucho nos ,cost6, pero salim,os con ,1a nuestra. »Cuando fuí el otro día a desipedirme del Sr. Cura, no sabía eil buen señor cómo expresarme Jo que sentía... Y al fin, salió con re.galarme un hermoso rosario, con su estuche p<l'ecioso que lleva mis iniciales. «Has,ta septiembre, señorita---me dijo en el último momento-,, hasta septiembre ; y no se olvide de nosotros en sus oriacioneso>. j Pobrecillo ! Me da ipena, porque a ,lo mejor... -A lo mejor ¿ qué? -Que a lo mejor no vuelvo. ¿ No sabe que me han ofreddo escuela en un :pueblo may,or, bien comunkado, y con un señor Cura estupend,:>? Tendré que pensarlo mucho, porque no 1puedo olvidar aquel lejano pueblecito donde he quemado mis 1pr.imeras ilusiones ,apostólicas, donde tan sola y des,ampar,ada me vi du– rante semanas y semanas, donde tan de cerca sentí muchas v-eces la infinita bondad de Dios... »Lo que :más me atrae en el pueblo que ahor1a me ofrecen, es que tienen, según dicen, un párroco de ,los pocos: trabajador irlcansable, culto, y muy celoso, d,esinteresado. Sobre esto último he oído muchas iponder-aciones ; creo que da cuanto Ie es posi– ble, y por eso, f;odos le quieren y le ayudan de buen grado. -No me extraña que le quieran. Los fieles tienen muy -abi<e:r– tos los ojos paria las .faltas de sus sacerdotes, pero no los cierran para sus virtudes. Y si hay a:Iigo en un Cura que más rápidamen~ le ,conquiste los corazones de la p,arr.oquia es precisamente esto : que le vean desprendido. Sólo a otra •cualidad sacerdotal conce– den los pueb1-cs tanta importancia: la hones-tidad de costumbres, o dicho con más p,recis,ión, la castidad de vida. El párroco que reúna estas dos cosas, hará ,Jo que quiera de sus feligreses. Pero el sacerdote a q:.iien v,ean «,pesetero)), es decir, inter,esado y codi– cioso, ya· puede hacer milagros, que ni le querrán ni ct1eer,án en

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