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386 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA »EJ. Señor suele ir entremezcl,á:ndonos las dos cosas: el ejer– citarnos en la pura fe, que es lo más provechoso, y el ccmocE:r que algo vamos haciendo, que es ,}o más consolado_r. -¿ Sabe que hasta el mismo Sr. Cura fué cambiando mucho? Ya abre más la iglesia (Por la tarde, y no sólo los domingos ; se presta fácilmente para funciones y novenas. Trata más y mejor con la gente... ; y i pásmese ! se sienta en el conf,esonario todas las vísperas de domingos y fiestas, ;primeros viernes, etc. Yo creo que esto del confesonario ,es lo que más le ha debido de costar. Antes sólo se limpiaba el polvo y las telarañas del confe– sonario una V1ez al año, cuando se hada el cumplimiento pascual. Era una pena cómo estaba de abandonada aquella pobre gente. nAl princi1pio, yo me veía negra para poder confesarme si– quiera mensualmente ; sé que alguna vez, cuando le ,pasaba re– cado por algún monaguillo para que sali,era a confesarme, el buen señor se desahogaba diciendo: ((¿Ya está ,ahí de nuevo esa beata? ¡ Qué latosa es!» Pero después de dos o tres chupa– das de cigarro, acababa por salir. aunque rezongando, más por costumbre que por otra cosa: ,((,¡ En fin ! ¿ Qué l,e vamos a hacer? Hay que tener más paciencia ,que el Santo Job» ... Entonces le parecía demasiado que Yo comu1gara todos los domingos ; ,ahora ya encuentra natural que lo hagan también otras personas... Per,o ¡ si usted viera cuántas habladurías y comentarios y rechiflas hublmos de soportar antes de llegar a esto ! »Un punto en el que concentré ,casi desde un principio mis esfuerzos fué el de meter a los niños por la pr,áctica de los pri– meros viernes. Empecé con algunas niñas que parecían mejor dispuestas ; y poco a poco fueron entrando ,casi todos los demás. Yo instruÍa, exhortaba, animaba. pero sin hacer demasiada pre– si6n, para no coartcar la ,libertad con que deben hacerse estas cosas. »El primer mes que le fuí con el ,((,cuento» ,al Sr. Cura, quedó el hombre viendo visiones... , y empezó a decirme que 'YO era una ilusa, que si creía encontrarme aún en una capital, que allí no ,cuaJaban tales cosas, que buena era aquella gente ... Dios sabe cuántas dificultades me puso. Pero en el fondo creo que la prin– cipal era ésta: que a él le costaba ya enormemente salir de la rutina de muchos años, y ponerse a trabajar. A costa de suave
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