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TEMPORAS DE PRIMAVERA 341 mentales que sólo sirv,an para mi uso; pero ,las voy a eX!poner brevemente, por si alguien puede sacar algún pr,ovechon ... Hacia d medio de su oarta, .1a joven ,c,onfesaba: ,ccMi vida, esta vida de veintiocho años----0n poco vieja, ¿ no ?-,ha sido tal vez algo ,anormal ; pero ahora, cuando serenamente contemplo el ·camino recorrido, y veo lo que soy y lo que no soy, cr,eo que ha valido Ia rper:a luchar como he luchado por salir del montón.>) Conolufa de ,este modo : c<Seño: : ¿ ,por qué tan desordenada– mente he contado todas estas ,cosas que sólo pueden ,inlleresarme a ,mí? Me han dado valor los dos artículos que he leído en <CAvanzadilla» sobre las mujeres de hoy. Dicen 1a v,erdad. ,ccMar~ got, Chachun ... ,ccLa muj,eT y el P.ar ,acaidista». Bueno; pero también hay mujeres que valen la pena. ¿ No es así?» Esta carta había hecho ,gran efecto a la melanc6lica c<artistan del café. A Carmen de,l Río, al menos de momento, la <legó casi como estaba. V C::ierta mañana de mayo, cuando el P. Fidel, de rodillas a un lado del presbiterio, daba gracias después de celebrar misa, pasó ,por allí un terciario de los más cumplidor,es, Aniceto Hern-ández de Calle, hombre achaparrado y fuerte, llano y dir,e 1 cto en su trato como un buen labrador. Susurró al oído del P. Fidel que deseaba habla,rle unos momentos. Salieron ambos hacia el 1arnplio .claustro que llevaba a la por– tería. Saludos cordiales. Y en seguida ccal grano)). ~Mire, Padre, me gusta ese periódico que ha sacado usted. Conocí ,el primer número por Marí'.a Jesús ,(su hija, también terciaria), que lo llevó una noche a casa, y luego me suscr,ibí muy ,contento. Pienso que ¡puede hacer un gran bien. Algo así ,estaba necesitando la juv,entud... Be ,pensado también que todos tenemos que ayudar... Y sin más, 1abrió la chaqueta y tiró de cartera. Salió casi nuevo un billete de 100 pesetas. «i Buen donativo hl, se dijo ale– gremente el P. FideL Hasta l.a fecha 1 las suscripciones más ge– nerosas no habíian pasado de 25 pesetas, ,por ,lo que aquellas cien eran como para poner los oios en blanco. Pero i cuál no sería
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