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334 FR. EUSEBIO GARC!A DE PESQUERA era muy benemérita de la Juventud. Y la Juventud se movilizó para testimoniarle su cariño. Las dos camareras de ,1a V. O. T., Pepita y Ange,les, se afanaron durante horas por que la iglesia estuviese verdadera– mente de gala, y lo consiguieron. Las cantoras. en el coro, supie– ron cumplir como nunca con su deber... ; y todos atendieron más que a nada a rogar de veras por los dos queridos contrayentes. Al fina,! de la ceremonia, María de la Gracia, que estaba inEantilmente contenta por estrenar aquel día un lindo trajecito nuevo, leyó el siguiente discursito: «Carísima hermana nuestra en San Francisco: Paz y bien. ))Aunque soy la última de estas jóvenes terciarias, quiero ser ahora su intérprete, la voz de todas, que te diga sus pensamien– tos y los míos. llNo voy a empezar como suele empezarse en actos parecidos, dándote las gracias ,por lo que has trabajado entre nosotras. Nos– otras, que tratamos de entender las cosas de un modo sobrena– tural, no tenemos por qué decirte: ((Gracias, María AraceH ; has hecho mucho, y lo has hecho bien)). Dios, por quien lo has hecho todo, será el que te recompense, el que te alabe, el que te diga ce¡ Muy bien ! >> cuando llegue la hora del eterno galardón. Nues– tra honda gratitud y cariño queremos que se manifüesten, más que en palabras, en oraciones, porque sólo nuestro Padre celes– tial puede darte los bienes v,erdaderos, los que no perecen m se han de abandonar nunca, y que son los que nosotras te deseamos. ))Ahora que en ciertos aspectos tienes que alejarte de nos– otras, estoy segura de que las últimas palabras que nos quieres decir son las mismas de Jesús: ,ce Amaos las unas a las otrns. n Y ciertamente, este debe ser nuestro distintivo: la unión, el afecto fraternal. Nadie de los cristianos está tan obli,gado a cumplir el precepto de Jesús como nosotras, hijas y discípulas de un Sera– fín todo caridad, que hasta a un fiero lobo supo llamarle ccher– manOl>. >>Procurarem,os cumplirlo, María Araceli. Procuraremos hacer de esta Sección Juvenil de la Orden Tercera una verdadera fa– milia, donde Jesús reine, y en cuyo seno todas nosotras seamos, como los fieles de la primitiva Iglesia, cmn solo coraz6n y una
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