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TEMPORAS DE PRIMAVERA 259 >>Cantamos muchas v;eoes que todos ellos ((están presentes en nuestro afánn, y no sé si ,en ocasiones no ,cantaremos demasiado frívola:mente e; magnífico verso. Pero hoy no se puede •cantar así. Hoy tenemos que poner m~cha seriedad en nuestro canto, y preguntar a nuestra -conciencia si en nosotros tiene vigo,r ope– rante el af.án c:istiano, español y faliangista que ellos sublimaron con su muerte. Sería temible que el supremo sacrificio de tantos jóvenes ilusionados no sirviera más que para darnos ocasión de entonar solemnemente nuestra oanción de amor, 1guerra y es– ;,eranz,a, llevar coronas de laurel ante unos nombres, y gritar luego ,(( i Preser..tes ! n en posición ,de ,firmes. · nEn el reciente libro de Antonio José Hemández Na– varro, «Ida y v7.leltan, encontramos un hrnve episodio muy inte– resante. Van les hombres de la gloriosa Divis,ión Azul en penosa marcha por laa ca-rreter<as pola•céts hacia los fr,ent,es donde les aguarda la bn:.tal Rusia de 1os ·soviets... Acaban de atravesar la ciudad de Grodno, infestada de judí,os. Unos ,junto a ,otros s,e mueven, siempre hacia adeil.imte, aquellos hombres hispanos, hechos, como todos los auténticamente hispanos, ,cc1para llevar picas o fusiles:i... P•asa mudo un automóvil, y a los pocos ins– tantes, de pie en una pequeña altura sobre la carretera, ,aparece el general Muñoz Grandes: va a pasar revista a sus tropas. nMientras b columna d,esfila ante él, uno de sus hombres. el camarada Agustín, cree sentir cierta voz sobre sí ry ,sus oama– r.ad.as ; una voz tremenda que viene de los ,cielos: «A ve Cesar; morituri te saldantn = Salve, César; los que van a morir, te sa– ludan; y un torbellino de pesares le invadió con .la úhima :pa– labra. EHos iban a morir, sí; él podía morir también, pero no era el Cés,ar. Y Agustín sintió rabia y pena de que no lo fo ese. Rabia y pena de no tener un César por -el que mori-r y por d que vencer. Huérfanos él y sus camaradas de un César a quien acatar ,con fanatismo ; huérfano él, y toda su g:eneración, de un César 1,oven y ,g;allardo que llevar:i. corona de Iaurel en las sienes y Ucrl'a camisa azul de cueHo abierto, para ser capitán de su Revolución... Y Agustín ,sintió ganas infinitas de llorar, temiendo que, sin César, la muerte próxima ry ¡probable de él y los suyos no tuviese otrc resultado para la Patria que Ia más deso,ladora esterilidad.
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