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236 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA fin, si ellas tienen ese ,gusto ... Pero se puede ser bueno sm llegar a tales exageraciones; Dios no pide tanto.n i Qué difícil Jes resulta a ciertos C<buenos cristianosn, rutina– rios y poco generosos, el comprender las cosas de Dios ! El día 30 los ,peri6dicos locales publicaban una breve nota (humildemente rperdida ,por sus páginas interiores) sobre la mejor celebración de la Nochevieja, e invitando a las jóvenes cristianas generosas a la C<vigilian que las terciarias habían de tener en tal noche, ,última del año. Llegó la esperada noche. A las once menos cuarto el padre Fidel estaba ya en el Colegio de las Carmelitas. Algunas jóvenes se le habían ,adelantado, y le recibieron con el mejor humor. La mayoría fueron llegando en pocos minutos, bien arropaditas con gruesos abrigos, guantes y bufandas. Venían en pequeños grupos o ,acompañadas de algún hermano. Al ver la nutrida ,asistencia, el P. Fidel se puso muy contento. Pudo darse rápidamente cuenta de que, salvo dos o tres, todas eran de «su Juventud» ; ,así que las cosas se harían. con un más confiado aire famHiar. En tan excelente estado de ánimo ¡parecían encontrarse todas, que, mientras iban llegando las últimas, va– rias veces tuvo el Padre que advertirles de que no hablasen tanto ni tan alto, ,pues podían mo 1 lestar ... , y estaban en casa aJena. A las once y cuarto se cerraron las puertas de la calle y pa– saron todas a la capilla, muy bien arregladita. como es costum– bre entre las monjas. Hizo el P. Fidel la exposición mayor del Santísimo, rezó la acostumbrada estación a Jesús Sacramentado, y continuó con el ofrecimiento de la Hora Santa. Luego les indicó que se sentaran, y ,empezó a hablarles... Debían sentir primeramente lo hermoso de que ellas, ;preci– samente ellas, estuviesen allí aquella noche y en aquella hox,a; noche y hora muy singulares por ser las últimas del año, noche y hora que tantos y tantas pasaban o profanaban en lugares bien distintos de aquéL. i Cuánto las había amado el Señor, eligiéndolas ¡precisamente a ellas para hacerle compañía en -aque– lla noche de excesos! ¡Cuán tiernamente las estaría contem– plando desde la resplandeciente custodia ! Debía mirarlas muy complacido por dos razones: porque habían escogido pasar por
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