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224 FR. EUSEBIO GARC!A DE PESQUERA arrolla. Si tomamos acertadas medidas ,para que esas circuns– tancias resulten lo menos 1propicias posible pam la desviación pecaminosa del amor, tendremos andado mucho para alcanzar el ideal de unas relaciones verdaderamente cristianas. Y es aquí por donde se inserta en la misma zona moral del noviazgo el cctiempo de su duraciónn. >>e Por qué antes no parecía mal el que los muchachos em– pezaran las relaciones en muy temprana juventud? Porque tam– bién podían casarse muy pronto. ¿Por qué ahora se aconseja retrasar bas~ante el comienzo del noviazgo? Porque ahor,a, a causa del ser,vicio militar, o de hacer una canera, o de conseguir un buen empleo, o de encontrar casa, etc., etc., resulta muy diHcil al joven el poder casarse hasta bien pasados los veinticinco años. ---Pero... , en fin, yo no acabo de ver muy claramente ese dichoso peli,gro de los noviazgos tempranos y de los de larga duración. Me parece que para el asunto de la castidad tan pe– ligroso puede ser uno corto como uno largo ... -Puede ocurrir que un noviazgo empezado en cualquier tiempo se desate en seguida hacia la baja pasión sensual. con– virtiéndose en sucesión de tol'pezas. Pero no es eso lo corriente. Lo ordinario es que se empiece un poco {o un mucho) ccpor lo alton, y que luego, de no poner mucho esfuerzo y vigilancia, se vaya descendiendo peligrosamente en la escala del amor. Suele haber sentimientos muy nobles en las primicias del ena– morarse, delicadeza y respeto ; luego los sentimientos van ba– jando de tono ... -¿Por qué? -Porque al prjncipio obra mucho la ,<cilusiónn, Ja emoc10n de ver y;a entre las manos (pero aún sin ,«desempaquetar») una cosa largamente soñada y que tiene todas las apariencias de ser maravillosa. A fuerza de usarla, la ilusión se evapora--,porque la ilusión es sólo de cosas ,entrevistas, más bien soñadas-y la novedad deja de serlo... : queda sólo la realidad, y la realidad suele ser decepcionante, porque casi nunca la encontramos tan Hena de contenido como nos la habíamos imaginado. A todo esto se añ,ade nuestra congénita mov.ilidad, que no puede pararse

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