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212 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA que ,le,vantar, lia cabeza y mirar por Ja ventana. Con 1a lluvia no ocurría así. Siempre se ,ccoía)) llover ; y a veces, con un estrépito tan impresiornante ,en el cerrado sidencio del jardín, que cada solitario morndor de las celdas conventuales tenía que Ievant'.lr del trabajo su atención y ,ex:clamar mirando hacia fuera: ,ce i Cómo llueve !n. J"Jn día de aquel invierno, hac,ia mediados de diciembre, día bien acariciado por el sol que reinaba en el limpio cielo de León, se puso el P. Fidel a la ventana de su celda, de cara al jardín. (Pensaba echarse luego en la oama para descansar durante un breve rato, pues era la hora de la siiesta.) Había un total silen– cio en todos los ámbitos conv,entuales ... Sólo por gozar del sol unos minutos se había puesto allí, sin intención de observar o contemplar fij,amente cosa al.guna. No hahfa flores en las par· celitas de ti,erra... N0 había bojas en J.as ramas de los árholes... Aquellas ramas desnudas sentían de cuando ,en cuando en sus <!Xtremid«des el !i,gero temblo: de un soplo de bisa... Miran– d~ aquello, al recuerdo del P. Fidel acudieron, como en senti– mental evocación, unos versos de Rubén Darío: "Las ramas que se columpian hablan de las hojas secas y de las flores dif.untas.' ¡ Flores difuntas! ¡ Hojas secas! ¡ Pobres árboles aquél10s, que ni siquiera tenían la compensación de poder otear amplios horizontes! Hacía meses ¡ se habían ,puesto tan hermosos ... , sen· tido fan felices con la gala de su floración ,prima-,reral ! Y ahora ... Tristes, desengañados, abatidos, ya sólo podrían hablar de sus hojas secas y sus flores difuntas. j Y si fueran s6lo ellos ! Su po· bre historia se repetía ,en millones de otros árboles ; y, más pe– noso aún, en incontables criaturas humanas. El P. Fidel sabía que de aqueHas sus jóvenes y de ,aquellos sus muchachos no eran pocos los que, por estar viviendo sus •cctémporas de prima– V'eran, se sentían a la sazón hermosos y felices-como habían sido los árboles-con su floración de esperanzas, de proyectos, de gracias, de ilusiones... , y se compadecían-o tal vez despre– ciaban-de los pobres ccviejosn, que ceno habían sabido hacer co·
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