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200 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA suficiente para darse cuenta de su valía, de su excepcional ca– lidad como mujer y como madre. Alta, sel'ena, de el.ara y firme mirada, ejemplarísima en todo, parecía no faltarle nada para ser modelo ,acabado de mujeres cristianas, y así lo había expre– sado encomiásticme.nte en El Diario de León, con ocasión de su muerte, el sacerdote del pueblo. Recordaba el P. Fidel cómo años más tarde de ,esa muerte, con ocasión de su primera visita al pueblo ,acabada la oarreria, todavía un vecino, que no era de la famiHa, le decía muy espontáneamente: «En tu casa y en el pueblo se nota la falta de tu madre. ¡ Qué mujer ,aquella I P,arrecía que todo lo llenaba.» El P. Fidel sólo había vivido habitualmente con eHa los años de su niñez ; pero ya entonces entendía sin dificultad la dife– rencia existente entre Ia mujer que er,a su madre y Ias demás mujeres que él conocía. A su madre no la veía nunca metida en parlerías ni en corros de vecinas, nunca fuera de casa, sino para ir a la iglesia o cumplir con alguna forzosa obligación, siempre pendiente del marido y de los hijos ; era evidentísimamente la mujer más piadosa del pueblo ... Ya de mayor, se había enterado él por algunos testimonios de quienes lo habían visto, de cuánto había temido que trabajar y sufrir ella para estableoer ,en el pue– blo el Apostolado de la Oración (del cual fué siempre activa celadora) y la práctica de la comunión frecuente... j La de cosas que se dijeron cuando empezaron a verla ir a comulgar todos los días ! De sus recuerdos personales de niño conservaba muy vivo el P. Fidel el de que ella pasaba largos ratos en oración. Los domingos, por ejemplo, después del rnsario por la- tarde, al que asistfa todo el pueblo. se quedaba ella no poco tiempo en la iglesia, y cuando volvía a oasa por alguna obli,g:ación, tan pronto ,como quedaba libre, mientras el marido y los hijos «pa– saban el r,ato» fuera, ella subía con unos libros a la sala que habfa ·en ,el piso de arriba, y allí quedaba sola por un tiempo que a él le parecía interminable. Durante esos ratos no quería que nadie fuera ,a interrumpirla. El P. Fidel se ,acordaba de haber ido alguna vez con algún recado, y al ,abrir la ,puerta sin llamar, cosas de niño, quedar sobrecogido y asustado al sorprenderla de rodillas en una actitud que a él le parecía muy «extraña», pero que le infundía mucho respeto.

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