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186 FR. EUSEBIO GARC!A DE PESQUERA mujer desconocida pueden ser tan importantes para los destinos de los ;pueblos como los más altos gobernantes, porque ellas con sus ol"aciones y sacrificios pueden hacer tanto y cuanto... ¿ No habrá exagerado un poquito? Porque se me hace algo fuerte admitir que una cualquiera de nosotras, o una muchacha de ser– vicio, por ejemplo, mi simpática «Sor Simplicia»-rió levemente -ella, y rieron llambién otras-, resulte tan importante pal'a los destinos de los pueblos como Frnnco, o Churchill, o Stalin, o el Presidente de los Estados Unidos.» Se sentó, bastante satisfecha de su intervención. En casi todas las presentes, que pasaban del medio centenar, se ,produjo un leve movimiento característico, indicador de conformidad con lo que ella haMa dicho y de viva curiosidad por lo que el Padre iba a decir. -Muy bien con tu objeción, Marfa de la Gracia. Conside– rando las cosas desde un punto de vista material. lo que yo he afirmado aparece como una exager,ación disparatada. Pero nos– otros tenemos que valorarlo todo desde el punto de vista de la FE. Y ¿ qué nos dice la fe? Que por encima de los hombres que se agitan, y agitan el mundo, está Dios para dirigir misteriosa– mente la marcha de la humanidad. Dudar o prescindir de tan grave verdad sería aceptar en una forma o en otra la interpre– tación materialista de la Historia, esa doctrina marxista que hemos querido eliminar de nuestra España con ,razones de la mente y con Ia dialéctica suprema de Ios puños, las pistolas y Jos fusiles... Los hombres, a pesar de su real insignificancia de pobres criaturas, se creen demasiado importantes. Pueden hacer no pocas ,cosas, indudablemente, ¡ que para algo los dotó Dios de ,poder y libertad 1; pero no tanto como ellos se piensan ,a veces. Los pasajeros de un trasatlántico pueden pasear, dormir, subir o bajar, moverse en cualquier dirección, reñir unos con otros... ; lo que no pueden hacer es cambiar el rumbo del barco ; y con el barco ,v,an ellos al punto de destino que tiene señalado el capitán. Dios es el infalible capitán del navío de la Historia, y los hombres que van dentro, con notable facultad para albo– rotar o ser buenos, nunca podrán tanto que lleguen a impedir el cumplimiento de los supremos designios de Dios. Podrán hacerse más penoso el viaje por su culpa, ser causa de muchas privacio-
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