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168 FR. EUSEBIO GARCIA DE PESQUERA El P. Fidel de Peñacorada no hacía más que pensar y dar vueltas ,al asunto... , y no hallaba salida. El estaba dispuesto a todo, ,pero no vda qué más ,podría hacer para sacar adelante con éxito seg:uro sus propósitos. Señor, ¿ no habría manera de conseguir aquel grupo numeroso de ~óvenes con que él soñaba? ¿ Sería de hecho tan imposible el alumbrar muchachos no mal dotados ,por la naturaleza y, además, con sentido cristiano de la · vida, con verdadero entusiasmo para los más altos ideales? Hablaba con unos y con otros... , y comprendía las explica– ciones que le daban: que unos estaban estudiando fuerra de León, en d~versas ,carreras de ti,po universitario ; otros, cumplien– do el servicio militar ; muchos, luchando agotadoramente ,por el pan de cada día ,(pues «la vida estaba imposible») y con más ganas de desoansar y di'.'ertirse al ,concluir su L-rabajo, que de meterse en nuevas actividades ; otros, solicitados por los mil atr,activos de una vida fácil y •ccalegre», y, en fin, que celos me– jores elementos», los de buena voluntad, estaban ya ,acaparados por otras ,asociaciones de carácter patriótico o reli,gioso. ¿ Habría que renunciar definitivamente a toda esper,anza? Lo mejor que pudo hacer e hizo el P. Fidel fué llevar muy de veras ,a Dios un asunto que ni él ni quienes le rodeaban sabían cómo •encauzarlo con seguro ,acierto. Siempre el P. Fide1 se había esforzado por obrar con recta intención, aunque luego fuese descubriendo muchísimas imper– fecciones, es decir, mucho de humano, en sus obras. Le agrada– han, naturalmente, las alabanzas, y le fastidiaban las críticas; aspÍ,raba a tener éxito en sus empresas ; no era insensible a que se tuviera alta opinión de su vaHa... ; pero deliberadamente no andaba detrás de esas •cosas ((l:an humanas)). Buscaba sincera– mente a Dios. Si,empre le había hecho bastante impresión aqueU.a queja de San Pablo ,(Phil,. II, 21): «Todos buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo,,. Por eso, con plena advertencia, sólo quería promover los intereses d,e Dios, no sus propias sa;– tisfaccio11es. Desd.e tiempo atrás venía con la costumbre d.e rec– tificar de cuando en cuando la dirección de sus ,atividades di– ciendo en algÚn rato de oración: «Señor, para Ti el .amor y la ,gloria; ;pa11a mí, el trabajo y el ,o~vidoD. Lo cual no impedía que luego, en la práctica cotidiana, tan ideal aspiración del mejor

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