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TEMPORAS DE PRlMAVERA 161 venir» se convierte, por lo menos ,en algunos mejor dotad,os, en una oper,ante «decisi6n de triunfar en el porvenir», y,a porque de veras queremos realizar algo que valga la ,pena, ya porque nos hace poquísima graciia quedar innominados dentro del montón. -Al flor,ecer la primavera en nuestr,a existenci,a-¡pmsiguió-, el alma s,iente impe1fosa la llamada de las cumbres. Le repugna todo lo mezquino y rastrero ; sueña ,con ascensiones a difíciles alturas. Llega ,a estar en ocasiones como presa de una obsesión de heroísmo y de grandeza imposible de describir, y, al menos con la fantasía. marcha dentos de veoes a la conquista de la cima más ;;,lta del saber, del valor, de La gloria y de la dicha... Por eso, la mayor tragedia de las almas jóv;enes es el contraste entre lo que sueñan y lo que tienen, entre los ,arranques de entusiasmo e idealismo y la pobre realidad de un vrvir casi siempre a ras de tierna, o qui.zá bajo el nivel de la misma dignidad humana. »Conmovedor símbolo de los afanes de altura que hay en la :iuventud nos lo ha dado el ,norte,americano Longfellow en aque– lla su poes.íia sobre el muchacho que intenta coronar los Alpes tremoiando una bandera donde había escrito esta sola ,palabra: (( iExcelsior! = ¡ Más arriba l. Escuchad ............... (y se la leyó).» La po,esía era ciertamente bella, y en todos oausó no pequeño efecto ; pero ¿ cómo exp,licair la impresión de Josefina? Todo aque– llo ,era para su gusto demasiado hermoso .y demasiado román– t.i co, y 1a había dejado en un ahogo de emoción. Los Alpes lej,anos y nevados, la caída de la tarde, el gallardo joven, su misteriosa obcecación y su bandera, los monjes del Gran San Bernardo, la acción del noble ¡perro, fa muerte en la cumbre, bajo la nieve ... i Pobre Josefina! Sufría y gozaba extrañamente. El P. Fidel hablaba con una cálida serenidad: -Me dir,éis que todo esto no pasa de ser una leyenda, y yo replico que a v,eces la leyenda expresa más afor.tunadamente la realidad que },a misma historia. El tremendo afán de ,ese joven, que le empuj,a contr,a todo c,álculo de ;prudencia hacia las cum– bres alpinas donde floree~ la blanca edelweiss y también aguarda la muerte, nos puede hacer entender admirablemente el hondo anhelo que hay en el alma juveni,l hacia otras cumbres o ,altur~s, que no pueden medirse con teodolito ni conocen la caricia he- 6

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