BCCCAP00000000000000000000753

150 FR. EUSEBIO GARCÍA DE PESQUERA mente venía atendiendo. ¡Tenía que vivir con la may9r seriedad posible el contenido espiritual de la fiesta! No podía eHa ser una de tantos cristianos frívolos, superficiales, que en las festivida– des religiosas difícilmente ven ,algo más que una buena ocasión para cambiar las horas de trahajo por las de descanso o diver– sión, para vestir mejor, y hacer algún extraordinario en la mesa. No ,podía .agradar ,a Dios quedándose tan sólo en las exteriorida– des. Aun ,en sus actuaciones de cccantaderaii trataría e.lla de poner mucho «espfritm>. El P. Fidel seguía hablando: ce Nuestros antepasados supieron captar bien la ingente belleza sobrenatural y también humana del triunfo de la Virgen. Por eso vemos que gran parte de nuestras catedrales españolas tienen como titular la Asunción de María a los cielos. Y es que yo creo que cuando aquellos nuestros antepasados estaban dando feliz remate a sus inmor– tales construcciones de piedra, ¡ en unos s~glos en que el ,poder maravilloso de la fe había de suplir la falta de ingenieros, de buenas vías de comunicación, de medios de transporte, de pode– rosos instrumentos mecánicos de trahajo !. asombrados ellos mis– mos de su obra, debiseron pensar con emoción en el punto im– portante de a quién se la iban a dedicar... Mas llevados muy pronto de ese misterioso instinto para las cosas de la fe, que segÚn los teólogos actúa en el pueblo cristiano, decidieron que sólo el misterio más triunfal de la más bella criatura respondía convenientemente a la más solemne creación de su ,espíritu y de sus manos, y así dedicaron las mejores iglesias catedrales a la Asunción de María. . »Esas nuestms piedras catedr,alióas, queridos leoneses, sobre cad,a una de las cuales caedan muchas gotas de sudor, y tal vez no pocas de lágrimas, piedras venerables y con muchos si– glos, piedras abrasadas por los mediodías de julio y ateridas de frío en las glaciales auroras de enero, esas piedras guardan impasiblemente las glorias de la Asunción de la Virgen en León. Y cuando toda la gran mole catedralicia, con los ojos desmesu– rados de sus rosetones mira .al sol en el cielo azul de los días y a la luna ,en el ,cielo parpadeante de las noches serenas, yo creo que toda ella debe sentir como un estremecimiento, no telúrico, sino espiritual, ,al entender que su razón de existir está precisa-

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz