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ria de la borrasca. ¿Qué había hecho la pobre flor para verse tratada así? ¡Símbolo de almas, sin duda! «Frente que, herida de amor, te rindes de sufrimientos: como los lirios que en flor tronchan al paso los vientos.» Las mejores almas no se dejan tronchar: hay una fuerza divina que las penetra y las mantiene. Podrán curvarse al huracán; pero cuando ceda éste, levantarán nuevamente su corola. Dios puede hacer -hará- milagros para soste– nerlas; ¿pero no tenemos los demás hacia ellas ninguna sagrada obligación? Me vino al pensamiento el comienzo de un sal– mo, el 40: «Bienaventurado quien piensa en et pobre y necesitado.» Lo escribió hace muchos si– glos un salmista hebreo bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Iglesia quiere ahora que lo recemos sus fieles. «Bienaventurado quien piensa en el pobre y ne– cesitado: en el día malo, nuestro Dios le guardará ... Le mantendrá vivo; y le hará dichoso en la tierra,. y no le abandonará al odio de sus enemigos. Le asistirá en el lecho del dolor, y en su enfer– medad estará pronto a aliviarle.» Escúchame, amigo: tú has venido buscando di– cha y seguridad para tus días; las has venido bus– cando por todos los caminos ... Por todos, quizá; menos por uno: este de pensar en tus prójimos 319

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