BCCCAP00000000000000000000749

algo extraño y sorprendente; mas para descu– brirlo se necesita no poco de esfuerzo y trabajo». ¡Qué razón tenía el viejo maestro! Ser sus tes– tigos -convincentes testigos-, fue el único y so– lemne encargo que nos hizo Jesús a la hora de partir: cuando El estaba ya casi con un pie en la nube (Hech., 1, 9) que había de ocultarle, pa– ra siglos y milenios, a las miradas humanas. Y muy bien sabía Jesús el por qué de su en– cargo. La historia del Cristianismo demuestra que el mundo, para creer, necesita más de testi– gos que de apologistas o de teólogos. Los Após– toles fueron por el mundo, no dando razones, sino contando hechos, repitiendo las enseñanzas que acompañaban a tales hechos, y diciendo a todos con impresionante convicción: «Lo que nosotros mismos hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contem– plado de cerca, y hasta palpado con estas nues– tras manos ... , es lo que os venimos a anunciar» (I Jn., 1, 1-3). No sé de que hayan convertido a muchos los apologistas o las apologéticas, ni los profesores de Teología ... (a quienes Dios bendiga); pero to– dos sabemos de los muchísimos que han sido ganados para la Fe por los «testigos», desde los Apóstoles hasta nuestros días. «Donde quiera que ha surgido un sacerdote santo y celoso, donde quiera que haya vivido, en derredor suyo, como por ensalmo, todo se ha visto renovado y vivificado» (Pío XII). Es el milagro de la vena de agua en el desier– to: pronto surge un oasis. 209 14

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz