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chos, prácticamente, la moral entera se reducía casi a dicha materia; La castidad era la gran pre– ocupación, si no la obsesión, de todas las almas que anhelaban marchar por el buen camino. ¿ Cómo no andar en continuo sobresalto, si se tra– taba de materia tan sumamente importante, tan delicada y tan asediada de peligros, en la que cualquier tropiezo se hacía mortal descalabro, por no darse en ella la ordinaria «parvedad»? No puede extrañarnos que en ciertos espíritus me– nos serenos la tensión de vigilancia degenerara en manía o en escrúpulos, agostadores de toda buena vida espiritual. Bien venida sea, por tanto, la sana reacción, que ha tratado de devolver cier– ta ágil holgura a las almas, poniendo las cosas en su punto y recordando que el sexto manda- 1niento, con toda su importancia, no es único, ni el primero de los mandamientos, y que la cas– tidad, con todo su altísimo valor, no es precisa– mente la «reina de las virtudes». Pero al lado de la «sana reacción» se ha pro– ducido, como siempre, la reacción desequilibra– da. Es una pena que no sepamos caminar más que dando bandazos, haciendo eses, como los que salen excesivamente empapados de los ba– res: o demasiado a la derecha, o demasiado a la izquierda (empleo lenguaje de ruta, sin míni– ma alusión a la política), o gritando que tal cosa es la más importante, o gritando que la misma cosa no tiene importancia ninguna... ¡Cuándo aprenderemos equilibrio, Señor! De que lo del sexto fuera casi todo en la moral, nos quieren hacer pasar algunos a que «la moral apenas tiene que ver con todo eso del sexto». Sin embargo, estoy seguro de que los brotes 205

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