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lerancias o complacencias hacia «los que tienen la doctrina» de los mismos; y no menos seria– mente se le echa en cara al de Thyatira, tan ad– mirable en otros muchos puntos, el que tolera a la «profetisa Jezabel», mujer que bien puede ser calificada, por lo que de ella se dice, como gran diaconisa del nicolaísmo. ¿Quiénes eran estos «nicolaítas», que tanto su– ponían, para mal, en aquellas primeras comuni– dades cristianas? Al alcance de todos está el mirar en cualquier comentario de la Sagrada Escritura, o dicciona– rio bíblico, lo que se sabe o se supone de ellos. Y o me contento con reproducir aquí la escueta nota de la Biblia de Jerusalén, edición francesa de bolsillo: «Secta mal conocida, de tendencias laxas en materia de fe, de culto y de moral». Aún más brevemente podríamos definir a los nicolaí– tas con dos palabras del mismo texto sagrado, en la Vulgata latina: «edere et fornicari» (Ap., 2, 14), que expresan todo un programa (no vemos por qué ha de restringirse taxativamente al culto idolátrico la significación de esos dos verbos). Nadie podrá negar que era bien generosa la aper– tura de aquellos hombres al mundo de su tiempo. Todo esto parecía ya agua definitivamente pa– sada, curiosidades de vieja historia... Pero no. A nuestra Iglesia de Occidente, demasiado es– colastizada y metida en Derecho, le ha venido sacudiendo estos últimos lustros un saludable afán de «volver a las fuentes», a los orígenes, para revivir en nuestra hora el mejor latir, vir- 203
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