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-ha escrito Pierre Debray- toda una civiliza– ción se desarrolla en la negación o el olvido de los valores religiosos, al menos tradicionales. El mundo moderno se vuelve totalmente hacia el fu– turo. Sólo ese futuro tiene para él poesía. La ca– rrera por llegar a la luna le importa más que la vida eterna ... Se siente ligado a la máquina. La técnica conforma su universo mental. Dios le re– sulta inútil: y por eso Le ha relegado al desván, con sus lámparas de aceite.» Consciente de la realidad atmosférica del ateís– mo, el Concilio Vaticano II ha querido a la Igle– sia en diálogo abierto con los hombres que no creen. Por eso, nuestros teólogos e intelectuales católicos están en alza, y tendrán mucho que ha– cer aquí. Pero no serán precisamente ellos quienes reali– cen la mejor tarea. «Sólo a través de los Santos llegó el Concilio de Trento ... » (Recordemos tam– bién el equipo de Santos de primera división que conoció España a la hora tridentina.) Tengamos la plena seguridad de que sólo a través de muchos y muy grandes Santos alcanzará un sustancial éxito la obra del Concilio Vaticano II. ¡Que haya mucha sabiduría entre los nuestros, que nuestra intelectualidad conquiste las más al– tas cotas! Lo deseamos de corazón; pero conven– cidos todos de que un mundo de misterio, no del todo razonable, y con duras exigencias, sólo será plenamente aceptado cuando de algún modo «se palpe» su existencia. 201
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