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¿Qué hay que exigirles? Que no se salgan de «lo suyo». La tentación de salirse es muy grande, y los riesgos de desviación acechan por doquier. Ellos son criaturas como los demás, y muchas co– sas, en torno suyo, tiran a sacarles de su camino. Una actitud de exigencia -afectuosa, compren– siva, reverente y firme (cada uno de estos adjeti– vos tiene su porqué)- por parte de los fieles con– tribuirá muy eficazmente a que los sacerdotes se mantengan ejemplarmente dentro de su misión. Cierto sacerdote de fama había sido invitado a dar una conferencia en una sala de cine; su audi– torio era de hombres; muchos de ellos, trabaja– dores. Quizá por esto el conferenciante empezó: «¿Prefieren ustedes que les hable de temas labo– rales: de la doctrina social de la Iglesia, de los derechos del trabajador... ?» Un obrero se levantó en las localidades altas y le dijo sin mucha diplo– macia: «Usted háblenos de Dios, que es lo SUYO.» Si los fieles saben exigir así a sus curas, y a la exigencia juntan la comprensión y el afecto, sus curas se sentirán poderosa y felizmente obligados a mantenerse en la línea que traza su vocación. Y los curas «fieles» abundarán ... ¿Y los «infieles»? Sólo Dios conoce los miste– rios de cada alma; a El sólo corresponde el juicio. Nosotros hemos de estar siempre más dispuestos a comprender que a condenar... Con todo, no podemos tener la misma actitud de aprecio para unos que para otros. No juzga– mos ni condenamos a los que fallan; pero no va– mos a tenerles como héroes... Algún significado hemos de conceder al dicho de Jesús: «Quien po– ne la mano en el arado y mira atrás, no es a pro– pósito para el Reino de Dios» (Le 9, 62). 198

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