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teriorada por muchos, no dejará de darnos con– fortadores resultados. La revolución que viene agitando desde años a 1a Iglesia sacude especialmente a los curas, no puede negarse. Pero ... Empleo deliberadamente la palabra «revolu– ción», porque es la indicada para significar la ac– ción de un algo que sacude desde dentro, con vio– lencia, y trastorna en serio «el orden» estableci– do. Sobre la realidad de tal revolución no me ca– be la menor duda: en parte, ha estallado ya; en parte, continúa fraguándose. Y no afecta sólo a cosas «llamativas» del clero, como la vestimenta y el talante, sino a la misma ideología y postura del espíritu... ¿Qué actitud debe adoptar un buen cristiano ante este conmocionado clero? -Ante todo, una actitud de serenidad. Porque Dios no duerme. Porque la Iglesia tiene una base de roca. Este clero, nervioso, revuelto, zarandea– do, acabará encontrando su puesto y su postura; acabará ,encajándose debidamente en el nuevo dispositivo de la Iglesia, en el «hacer con nuevo estilo» que Ella quiere. -La actitud de serenidad debe enriquecerse en cada fiel con la lúcida convicción de que, en bue– na parte, depende de él cómo sean sus curas. Los fieles cristianos pueden y deben ayudar a su cle– ro. ¿Estamos hablando ya de pesetas? ¡De ningún modo! Es de orden muy superior la ayuda que el sacerdote ha de recibir. Yo diría a cada cristiano: ORA por tus sacerdotes y EXIGELES. Ruega y pide que sean como tú les quieres; o mejor, que sean como los quiere Quien les ha enviado; y para ayudarles a esto, exígeles ... 197

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