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que han ido respondiendo a la misma pregunta bastantes otros y otras! Cuando se dice en serio esto del Credo: «Creo en la vida eterna», no puede hacerse otra cosa, lle– gado el último trance de la existencia temporal, que asegurarse la feliz consecución de dicha vida. Acertar en el momento decisivo y en el asunto su– premo es el éxito redondo. Si se falla, el FRACA– SO; un fracaso tal, que nunca, ¡nunca!, tendrá re– medio. La frase de Cristo, no por archisabida y mano– seada pierde nada de su vigor: «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo?» Atención, pues, a la última hora. Pero no de– jarlo todo (o mejor, no dejar casi nada) para en– tonces. A un Padre, que le decía ser cosa muy bue– na repetir a menudo: «Muera mi alma con la muerte de los justos», replicó San Juan Berch– mans: «Padre, ¿no sería mejor repetir: Viva mi alma con la vida de los justos?» Esto sí que es evangélico y sabio. «Estad pre– parados, porque no sabéis el día ni la hora... -ex– hortaba Jesús a los suyos-. Como el ladrón en la noche, así de improviso puede venir el Hijo del hombre» (Mt 24, 42-51). Si la utilzación consciente de la última hora fuese cosa segura, entonces po– dríamos dejar para ella bastantes cosas; pero ... Mi deseo para María Cuadra, y para todo fiel cristiano, es éste: que la hora postrera sea la co– ronación feliz de una vida llevada «a lo sabio», en la línea de lo que Dios quiere ... , que es también, y siempre, lo que a nosotros más nos conviene. 191

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