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jimo en impulsos sobrenaturales: no de goce, sino de abnegada entrega o servicio. El amor de sim– ple naturaleza, instintivo y apasionado -fundado en la ley de los sexos- está ahí en la vida, como fuerza poderosa, y hay que contar con él; pero na– da más: ¡ lejos de nosotros el erigirlo en valor úl– timo o ley suprema de nuestra aventura terrenaH Tenemos que agradecerle el que impulse hacia el matrimonio y lo facilite (sólo en este sentido le menciona e inculca el Apóstol (Ef 5, 25-33); pero el mismo matrimonio no descansa principalmen– te sobre él, sino sobre la asimilación del «gran misterio o sacramento» que esconde: el de la unión de Cristo con su Iglesia. Algunos mentecatos, o paganitos, dicen por ahí que el amor naufraga en el matrimonio, o que eI matrimonio acaba con el amor; y que por eso vale más no encajar a éste en la disciplina de unas nor– mas siempre obligatorias ... Frente a ellos se alza una verdad indestructible: el amor natural existe precisamente en función del matrimonio y de la familia. Y es aquí donde alcanza su mejor, su úni– co florecer. Cuando esto se excluye, sólo queda la animalidad. Felicitemos a María Cuadra por su pública pro– fesión de fe en el matrimonio y en la familia: vie– ne bien, cuando tantos «hijos de Belial» andan de– moliendo ambas cosas. -Si te dijeran que te quedaba una sola hora de vida, ¿qué harías en esos sesenta minutos? María Cuadra.-Soy cristiana, y como tal, pre– pararme a bien morir. ¡Enhorabuena, María! ¡Cómo se agranda la sen– satez de tu respuesta, frente a las tonterías con 190
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