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to, somos los más miserables de todos los hom– bres.» -¿Crees en el amor, María? María Cuadra.-Naturalmente que creo. ¿Y qué haría una mujer si no creyera en el amor? -¿Y en el matrimonio? María Cuadra.-Sí, absolutamente. Y creo en el matrimonio, porque creo en la familia. Por eso 111.e casé. Esta «fe» de María Cuadra en el amor me pa– rece excelente señal. Cuando una persona joven va por ahí diciendo que no cree en el amor, que todo es una filfa, que la realidad nada tiene que ver con las palabras bonitas, y otras cosas tan «in– teresantes» como éstas ... , casi me echo a temblar y me da muy mala espina. ¿Por qué no cree ese tipo en el amor? Si lo dijese de verdad, no que– ,daría en posición airosa. Siempre hay de por me– dio algún fracaso a alguna perversión. Podemos creer en el amor. Pero nos encontra– mos ante un hecho curioso. A ese amor, en el que tiene una fe tan viva María Cuadra, se le concede escasísima atención en las páginas inspiradas del Nuevo Testamento. El mundo, en cambio, hace ,demasiado ruido en torno a él: cientos, millares de novelas, no menos cantidad de poesías, innu– merables películas ... Parece la suprema realidad, lo que más pesa en la vida. L:a cosa no debe de ser para tanto, cuando ni el Señor ni sus Apóstoles se dignan dedicar– le unas palabras. Para ellos, lo que verdadera– mente cuenta e importa -hasta el punto de re– sultar supremamente decisivo- es otro amor, el :amor-caridad, que nos lleva hacia Dios y el pró- 189

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