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vista me causaba. Cortamos la carne colgante; hicimos dos o tres suturas, y siguió tan animoso como siempre. · 7.-LA RESURRECC1'0N DE LA CARNE, Ya íbamos, con la práctica, adquiriendo el dominio del idioma indígena y poco a poco íbamos intensificando las explicaciones doctrinales en la casa y en las chozas. Hasta logramos traducir en breve tiempo el Catecismo de la Doctrina cristiana y darlo a la imprenta para que, los que ya habían aprendido a leer, lo estudiaran y se lo lle– varan a los demás. Pero todavía nos era difícil acomodar nuestra explicación a la mentalidad o idiosincrasia de ellos; y había ciertos puntos que a algunos, que se te– nían por más entendidos o avispados, se les hacía cuesta arriba admitir. Citaré un caso: Explicando el Credo, llegué al artículo de la Resu– rrección de la carne, y expuse cómo era dogma de fe que todos habíamos de resucitar con nuestro propio cuerpo. -No -interrumpió uno de los más viejos-; eso no puede ser que el cuerpo de un indio vuelva otra vez a vivir. -Sí, hijo, sí -le respondí-. Dios lo ha revelado y El puede hacerlo, porque para Dios nada hay imposi– ble. -Que no, que no; eso no puede ser. -Te parecerá a ti que no puede ser, pero aunque así te parezca, debes de creerlo porque es dogma de fe y es necesario creerlo para salvarse. -No, no; yo no comprendo cómo puede ser eso. -Aunque no lo comprendas, pero debes de creer que Dios puede hacerlo y lo hará. 156
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