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porque mi padre era carpintero; pero como salí de la ca– sa paterna cuando contaba apenas diez años para entrar en el colegio seráfico de los Capuchinos, nunca había co– gido una garlopa en mis manos ni sabía cuál era la parte delantera de ella. Con todo, hice puertas, ventanas, me– sas y otros muebles, y enseñé a varios indios a hacerlos, los cuales salieron más aventajados que yo. También tuve que coger la paleta y la plomada, poner piedra sobre pie– dra y ladrillo sobre ladrillo, discurriendo el modo de tra– barlos y cmzarlos, porque nunca lo había visto. Igual– mente tuve que correr tras el ganado para encenarlo en el conal, curarlo y odeña1-lo, pero en esto nunca hice gran ventaja. En cambio, mi compañero y superior, el re– ve1·endo padre Nicolás, tenía habilidad especial para ello, no obstante su carga de años. Mas he aquí un hecho trá– gico y a la vez cómico que le sucedió : Viniendo cierto día con fray Patricio del hato o po– trnro, el cual estaba a tres leguas de la Casa-Misión, los dos en briosos caballos, espoleó fray Patric.io el suyo, el cual salió de la majada como un relámpago. El del padre· Nicolás no quiso se1· menos y se tendió a la carrnra en competencia, mas con tan mala suerte que, tropezando en un hoyo, cayó de bruces al suelo, sacando al jinete de la silla, quien fue a dar contra un palo o tronco. La he– rida que se produjo en la frente era de prnnóstico, lle– gando a casa hecho un nazareno, con la toalla empapa– da de sangre y toda la cara manchada. Asustéme al verle y le pregunté: -¡Padre Nicolás! ¿,Qué es eso? ¿Qué le ha suce– dido? - ¡Ay! -contestó-. ¡Gracias a Dios que me pasó a mí para vei· si escarmienta fray Patricio! No pude menos de reírme en medio del honor que su 15{i

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