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De cuatro a cinco y media volvíamos a los trabajos de labranza, etc., y regresábamos para cenar a las seis, te• niendo a continuación el santo Rosario y recreo hasta las ocho en que recogíamos a los muchachos para que fue– ran a dormir. Los misioneros hacíamos entonces otros re– zos y o:ración mental hasta las nueve. Esta vida llevábamos invariablemente durante un mes, un año y otro año, si se exceptúan los días de excur– sión apostólica, que, alternando, realizábamos los mi– sioneros a las apartadas chozas de los indios selváticos pa– ra instruirlos y catequizarlos. Los otros indios, que no podíamos tener dentro del colegio por falta de local y medios, venían por grupos de seis y diez a pasar una breve temporada con nosotros en calidad de jornaleros, durante la cual les enseñábamos las cosas más elementales de trabajo y Religión, remunerán– doles al fin su jornal con ropas y otros útiles de que ca– recían. Los trabajos materiales y la vigilancia de los mu– chachos nos abrumaban desde que nos levantábamos has– ta que caíamos rendidos en la cama. No disponíamos de un momento libre durante el día para dedicarlo a es– tudios o a mantenimiento de correspondencia, por lo que esto sólo lo podíamos hacer robando minutos al sueño. Además de la atención a los muchachos del colegio y de los quehaceres de la casa, teníamos que atender al mismo tiempo a los indios de las rancherías que con fre– cuencia venían a la Casa-Misión a exponer sus cuitas, a pedir, o a llamar para algún enfermo. He aquí algunos casos: Una pobre india con dos muchachos pequeños, uno en el regazo y otro llevado de la mano, toca a la puerta misional.

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