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Nicolás, que era el Superior-, y ahora mismo, porque, al amanecer será ya tarde. Ensillamos los caballos. Fray Patricio coge la direc– ción hacia el Brasil y yo la senda del hato, quedándose el padre Nicolás al cuidado de la casa. Noche de paz, noche feliz, reina doquier dicha sin fin. Así empezaba la letra de un villancico, cantado re– petidas veces momentos antes durante la adoración del di– vino Niño. Sin dejar de ser verdadera, ¡qué contraste ofrecía en esa ocasión! Eran las dos de la madrugada, y, sin haber antes pe– gado el ojo, trotaba yo por aquellos morichales oscuros, solitarios, en lcis que no se oía más que el croar de alguna rana o el silbido de algún pájaro nocturno. El caballo se asombraba de todo. Llegué hasta la casa del hato o potrero que tenemos a tres leguas de Santa Elena, y, visto que por allí no habían pasado, regresé a la Misión a las siete de la mañana. Vinieron a aparecer a los cinco días, tornando a la Misión como mansas ovejas. Pero el amargor nos duró todas las Navidades. -;.Poi· qué os huisteis "? -Porque nosotros cansando de estar aquí. -¿Pues dónde estáis mejor que aquí, donde se os educa y se os da el vestido y la comida que no tenéis en vuestras chozas? --Sí; aquí, vestido bueno, comida abundante y casa bonita, pero no gustando paredes. ¡Oh! ¡La libertad! Aunque la jaula sea de oro y tenga excelente comida, el pajarito está más contento fuera. 150
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